ESPECIAL ADOLPHO ARRIETTA

Le Château de Pointilly

por Marguerite Duras

Una muchacha habla de su infancia, vemos algo de lo que dice: una niña que ríe. Que sueña bajo una gran mesa de despacho. Que dibuja, dibuja un castillo de leyenda sobre el que escribe: castillo de Pointilly.
Por encima de la niña que dibuja, hay alguien.
Alrededor de la niña, sobre su mirada, por todas partes a su alrededor, alguien. Una sombra. Esa sombra está ahí desde el comienzo. Alguien vela por la niña. Sombra muda, de naturaleza lejana, y presente: el padre. El padre-rey.
La identidad de la sombra propuesta es la del padre.
La muchacha nos habla. Su madre murió, nos explica, muy poco después de su nacimiento. Ha sido educada por su padre. Su padre permanece sin mujer fija. Viudo. Muchas mujeres pasan por la casa del padre. Ninguna se queda. A excepción de una sola: ella, la niña.
Ese padre, por sí solo, es la felicidad de su hija, fabrica esa felicidad y la gobierna: ¿Significa que todo está permitido? No. Una prohibición: la de penetrar en cierto perímetro llamado el castillo de Pointilly. Los bienes del padre son vastos como el mundo y puede disponer de ellos, con esa excepción: Pointilly.
La niña ha crecido. Coincide ahora mismo consigo mismo. Tiene ya la edad desde la que nos habla, desde la que nos dice que un día, cierto día, ninguna mujer entró ya en la casa del padre. Que incluso ella se marchó, luego regresó, luego se marchó para siempre. La seguimos. Continúa hablándonos y continuamos viendo algo de lo que dice. Hablará hasta el final de la película, ante nosotros, a intervalos regulares. Su lenguaje es muy sencillo, como dictado. Nos mira, nos dice que no comprende lo que está viviendo. Nos abandona. Vemos lo que está diciendo: la ciudad muda donde fue a buscar, por orden de su padre, la común suerte.
La fantástica apuesta que consistía en llevar a la par el relato fílmico y su moral, ha sido ganada. El pleonasmo se convierte aquí en la misma estructura de la película.
La consecuencia de ese pleonasmo, de esa falta clásica, es de orden mágico. El relato y la imagen actúan uno sobre otra –imantado imán– de modo tan violento que si el relato, de pronto, faltara en la imagen, ésta quedaría privada de sentido.
¿Por qué esa necesidad de pasar por el pleonasmo? A mi entender porque era el único camino posible para llegar a dar cuenta de un dato general por medio de un dato particular y ello sin que la historia particular, lo vivido-por-una-sola, tenga más importancia, más interés inmediato que lo vivido-por-todos.
Así, cuando la muchacha se mezcla en al vida de la ciudad, camina por las calles, toma cafés, busca un piso, etc., la percibimos al mismo tiempo en ese otro lugar desde el que nos ha hablado –bajo la sombra del padre de la que se ha separado–. Dicho de otro modo, la muchacha en carne y hueso pasea como pasearía su propio principio, si fuera visible a simple vista. Lo que no significa que el relato que la joven hace, ilustre en absoluto la ciudad por donde camina. Por el contrario, la transfigura. La muchacha no cambia la ciudad. Es la ciudad la que cambia. Eso es la magia: es lo concreto que, con toda su carga, por sí mismo, se abstrae. La pureza del relato de Arrietta, a mi entender, es de tan gran rigor que me parece difícil superarlo.
¿El tema de la película? No sabría decirlo. Gira en torno al padre, el reino del padre con todo su destino. Que el padre sea terrestre o no, que se llame de un modo distinto, nos concierne a todos, por sumidos que estemos en la ilusión de la claridad, la ingenuidad de la razón.
Pointilly representa lo que, precisamente, nunca será alcanzado en la vivencia. Es la tumba de lo imposible, la edad de oro de la fusión original, la noche autista, es cierto, pero de todos los dioses sin exceptuar una solo.
La ambigüedad del redentor logra culminar aquí. Pues si el padre da a su hija todo lo que es y lo demás también, le da al mismo tiempo la propia alienación de la que, por ello, es causa. Le dice: lo tendrás todo de mí, incluida tu imposibilidad tanto para deshacerte de tu vínculo conmigo como para conocer la naturaleza de este vínculo.
El Eclesiastés se quejaba de un Dios que le había dado el sentido del infinito y que al mismo tiempo le había privado de la percepción del infinito.
La muchacha se lamenta de un trastorno cuya naturaleza y cuya ley ignora.
En la ciudad donde está sumida, el amor se le presentará en forma de un extraño oven que, como el padre, será de naturaleza ajena y que, como él, hablará de Pointilly. Anunciará que allí, más tarde, aunque en esta vida sin embargo, en la tierra de Pointilly, deberá arraigar la unión de los amantes. ¿Tan difícil es? No. Pues la violación del interdicto se llevará a cabo con el consentimiento del padre, con su ayuda. El padre llevará a su hija dormida –admirable secuencia del último viaje– y la arrojará al basurero de otro amor, terrestre. Tras ello, desaparecerá para presidir personalmente la organización de su «olvido».
Dos distancias, pues: la que separa a la muchacha de la realidad que la rodea y la que separa a la muchacha de su padre. Estas distancias son iguales. Cuando el joven aparece, podríamos creer que la primera distancia va a ser suprimida. No ocurre así. En cuanto aparece, el joven se aleja a su vez, como la ciudad. Desarreglo matemático muy visible aquí. La muchacha dice que no comprende esta distancia, en todas partes, alrededor: ella es quien la crea.
El material que utiliza Arrietta está admirablemente desnudo, es transparente, vacío podríamos decir. Nada se ve mientras se está viendo. Nada se comprende mientras se comprende todo.
¿Qué decir del incesto? Pues que hay incesto. Vemos lo siguiente: una puerta, una puerta se abre, un hombre entra en una alcoba donde está ella, una ella a la que no vemos. En el rostro del hombre hay una profunda dulzura, una nobleza que desafía absoluta, completamente, cualquier eventual degradación del acto. Permanecemos a plena luz y, acompañados por esta luz, llegamos al momento de la película tras el cual «todo pierde color para la niña». El incesto se extiende por toda la película. Otro cineasta, sin duda, nos lo hubiera mostrado ceñido por la temible moral o, como mucho, como una prohibición que transgredir. A Arrietta de nada le sirve ese fárrago pasado de moda. Nos muestra el incesto, al igual que todo lo demás, decantado de cualquier interdicción, vertiginoso, natural.
Hacía mucho tiempo que, para mí, el cine no había estallado de este modo.

Publicado originalmente en Le Monde extérieur, Outside 2, París: POL, 1993. Pág. 128.

Traducido del francés por Manuel Serrat Crespo.
Edición de Intermedio DVD. Pack Adolpho Arrieta. Obras.
Edición de Manuel Asín.