ESPECIAL CHANTAL AKERMAN

Bajo los adoquines, el abrazo. ‘Toute une nuit’, de Chantal Akerman

Por Serge Daney


En Bruselas, toda una noche, Chantal Akerman urdió una tela de araña fílmica. Amores furtivos, embriones de relatos, emoción de los inicios. Filma cuando cae la noche, en su mejor forma.

Chantal Akerman nos escribía regularmente. Ponía su dirección en el sobre (Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080, Bruxelles), firmaba (Je, tu, il, elle), nos mandaba noticias en inglés (News from Home), incluso concertaba citas (Les Rendez-vous d’Anna). Las cartas llegaban, algunos las tiraban al cubo de basura, otros las leídas con pasión. Yo formaba parte más bien de «los otros». Pero a partir de 1978, nada, se acabó el correo. Proyectos, sí, pero no películas. Ese fue el «tiempo perdido» que debió nutrir Toute une nuit, una película muy libre, no muy cara y algo extraña. Una de los mejores que ha hecho.

¿De qué trata? Akerman imagina que una noche, en Bruselas (reconocible desde el plano inicial, en la catedral de Santa Gudula), hace mucho calor. Peor: calor húmedo. Una de esas noches de verano de un grano en 16mm y con la indiscreción del sonido directo. En el momento en que deberían acostarse, una buena cantidad de hombres y mujeres belgas tienen el comportamiento extraño que se suele adjudicar a los personajes de una película de ciencia ficción, dos horas menos cuarto antes de la llegada de los efectos especiales. Les resulta difícil dormir, y más todavía dormir solos. La ciudad es un barullo de sonidos hipertrofiados, los cafés se niegan a cerrar, un hit italiano («L’amore, sai») se pega de verdad.

A esos ruidos «naturales», se agregan otros. Los de los cuerpos que, no pudiendo más de deseo enervado, caen pesadamente en los brazos de otros cuerpos. Se arrojan, se abrazan. Una vez, dos veces, diez veces. Como variaciones sobre un tema único. Esa noche, al alzarse el telón, no hay más que flechazos en la penumbra, decisiones irreflexivas tomadas a escondidas, citas a medias fallidas, ideas barrocas, ruido de puertas que se abren sobre el ser esperado, zapatos de tacón sobre el asfalto, diálogos sonámbulos, durante toda una noche, todo el mundo parece ganar en la lotería del deseo.

Es la parte divertida de la película, la que confirma que Akerman está más dotada de lo que parece para la comedia extravagante, entre Tati y el dibujo animado. Conoce la torpeza y pesadez de esos cuerpos belgas, su cansancio y sus humores, sus comportamientos torpes. Toda una galería de «personajes» se aprehende en el momento en que es demasiado temprano (o demasiado tarde) para preguntarles «qué hacen en la vida». Están en el crepúsculo, dispersos en una noche cálida, que los excita como pulgas.

Pero al amor se hace fuera de campo. Mucho sudor, no poca sensualidad, nada de sexo. Akerman filma el antes y el después. Sólo que el después lleva las huellas del antes. Toute une nuit se convierte insensiblemente en un documental sobre las formas de dormir, los rituales, las sábanas. Un bigotudo con un conjunto slip-maillot blanco duerme de mala manera en su diván (es escritor, pero sólo se sabrá por la mañana). Una mujer que ya no es joven abandona de repente a su marido, que dormía con un pijama a azul: va a un hotel, cambia de opinión y vuelve junto al pijama azul, treinta segundos antes de que suene el despertador matinal. Un joven despierta a un compañero, un soldado que se escapó del cuartel y que se desliza fuera de las sábanas de color malva. La noche es más larga que el deseo, la cámara es más paciente que la noche, la ciudad se despierta: Bruselas va a «bruselar».

Se esperaba el amanecer: ya llega. Es lo mejor del filme. Héroes dos veces oscuros, nuestros «personajes» hacen su entrada en el día. Vistos a medias, conocidos a medias. Sabemos suficientemente poco de ellos para verlos todavía tal y como son, con restos de sueño sobre los rostros, los malos reflejos ante el café que hierve, el olvido. Entonces, una banda de sonido desencadenada los rodea, como una isla de ficciones posibles en un mundo (bastante pequeño: Bélgica) sin ficción, un estruendo inerte. Pues la ficción, la verdadera, la que iría de la A a la Z, del «había una vez» al «the end», no es para esta película. En Toute une nuit, Chantal Akerman se contenta con filmar de la A a la B. Mil veleidades de ficciones recortadas, sí; un gran relato, nunca. Si todo círculo no es en realidad otra cosa que una sucesión de líneas rectas colocadas una al lado de la otra, he aquí algunas líneas. Si toda línea no es más que una sucesión de puntos, he aquí algunos puntos. Si todo punto es, en el límite, un concepto inmaterial, he aquí un poco de inmateria. Conociendo la admiración de Akerman por el cine de Ozu, no sorprende.

Puede esbozarse sin embargo una objeción: Ozu contaba una historia. Y, en el momento del clímax, a diferencia de los cineastas occidentales, insertaba sus famosos planos vacíos –una pantufla o la chimenea de una fábrica– para permitir al espectador respirar en todos los sentidos, y no sólo en el de la marcha forzada del relato hacia su desenlace (¡era el ma!). Pero era ésa también una época en la que contar una historia se daba por sentado y donde lavar la ropa sucia (en familia) era más simple. Akerman muestra la ropa (ella también tiene una familia –judía– e incluso una madre –que aparece en la película), muestra la limpieza (su talento de cineasta), pero es el ojo del espectador el que quiere lavar. Es al espectador a quien quiere impedirle dormir, sugiriéndole que «toda una noche» es un lapso bastante largo como para que un cuerpo pase por todos los estados, incluso los no posibles del deseo y los poco probables de la postura amorosa. Incluido el suyo.

Publicado originalmente en Libération, 29 de octubre de 1982.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.