ESPECIAL CHANTAL AKERMAN

'Nuit et jour'

Por Chantal Akerman

En el origen de Nuit et jour, realizada en 1992, está este relato, entre novela y guión.

Jack y Julie eran muy jóvenes. Sin duda, venían de provincias. Tenían un pequeño apartamento de dos habitaciones con cocina americana y ducha, en una quinta planta, sin ascensor, en un edificio parisino situado no lejos del Boulevard de Sébastopol. La vista era la de una avenida muy larga, muy ancha, con un movimiento incesante de coches. Los propietarios habían vuelto a tapizar el apartamento recientemente. Las paredes eran de rayas. No habían cambiado nada. No les incumbía.

Por el momento, Jack era taxista, por la noche. Prefería la noche, así pasaba el día con Julie. Se amaban y eso les bastaba. A veces, Jack decía: «No voy a ser taxista toda mi vida». Y se reía. Julie también se reía. Ella decía: «El año que viene trabajaré yo y tú descansarás».

Durante el día, le contaba cómo había sido su noche. Ella tenía la sensación de que se inventaba algunas cosas, y ella inventaba con él. Se abrazaban, y dulcemente, casi durmiéndose, hacían el amor. El casi es lo que era importante. Jack no quería dormir. Decía que era una pérdida de tiempo, que dormiría el siguiente año. Y Julie estaba de acuerdo, prefería el movimiento. Jack decía: «Cuando duermo, no siento que esté vivo, y, sobre todo, no estoy del todo seguro de que estés ahí. Además, dormí mucho cuando era pequeño». En este caso era al contrario: despertarse significaba aburrirse.

Sólo después de conocerse, aquello cambió. Jack decía: «Sabía que algo me iba a pasar. Esperaba. No estaba muy seguro de qué. Pero algo. Esperando, me dormía».

Así que ahora había subido al escalafón del sueño.

Julie le había preguntado: «Y si nada te hubiera pasado, porque eso también puede ocurrir, habrías dormido durante toda la vida».

«Sí, sin duda. Habría sido un sonámbulo que va de aquí para allá como todo el mundo, pero seguiría siendo un sonámbulo». Vivían entre la cama, la ducha y la cocina. Comían en la cama, veían la tele en la cama. Los programas no eran muy buenos, pero les gustaban, sobre todo los programas de música, porque Jack, que silababa muy bien, acompañaba a los artistas. A veces incluso silbaba solo, canciones tiernas y vivas.

Hacía calor, era verano. Un verano particularmente caluroso. Sus comidas eran continuamente desayunos. A veces una pizza aún caliente que les traían de la pizzería de la esquina. Eran despreocupados, no tenían amigos. No conocían a nadie en París. A veces, Jack decía: «Habrá que conocer a alguien».

«El año que viene», decía Julie. «¿Y el teléfono?».

«El año que viene», decía Jack.

Se querían en cuerpo y alma.

Cada día un poco más. Y cada día los cuerpos pedían un poco más, sobre todo tras lo que iba a sucederle a Julie. Pero es demasiado pronto para hablar de eso. Cuando Jack volvía a abrazar a Julie, poco antes de bajar a la ciudad, Julie le decía, «tienes que salir, Jack, vas a tener un accidente». Jack decía: «Dormiré un minuto por aquí y por allá, en el taxi. París es todavía más bonita cuando se está medio dormido». Se reía y la apretaba dulcemente. Luego, cerraba los ojos un momento, sólo para tranquilizarla. Los abría muy deprisa para besarla de nuevo. Julie decía: «otra vez no. Vas a matarte esta noche, Jack». Entonces, él se levantaba, se duchaba o no y bajaba con ella. Él para ir a buscar su taxi. Ella para dar un paseo.

A ella no le gustaba quedarse sola en el pequeño apartamento. Y sobre todo, hacía mucho calor. Fuera, la noche era más fresca. Recorría París en todas las direcciones. Le gustaba eso. Tenía una forma de caminar elástica, llevaba pequeñas sandalias rojas. Parecían rebotar contra el suelo. Decía: «en verano no tenemos sueño, ¿pero qué pasará en invierno?». Pero el invierno estaba lejos para Jack y Julie. Ella pasaba delante de los cines, miraba a la gente salir de los teatros, volver a los restaurantes o las discotecas, a veces la abordaban: «Venga con nosotros». Reía y se alejaba. Todavía no era el momento de conocer a gente. Estaba contenta.

Ella tenía un libro que llevaba siempre. A veces, se dormía leyendo en una esquina, en el muelle del Sena. Jack le decía: «Ten cuidado. A veces veo cosas de todos los colores».

«No tengo miedo. No puede pasarme nada». Y era verdad, no le pasaba nada.

Un día, Jack le dijo: «Tengo media hora más». Y la estrechó en sus brazos. «¿Cómo es eso?», dijo ella. El taxista de día le había propuesto dejar el taxi en la puerta. Aprovecharían esa media hora. Luego bajarían juntos.

El taxista de día estaba allí, apoyado en el taxi. Jack y Joseph se estrecharon la mano. Jack se lo presentó. Joseph, Julie. Julie se rió. «Joseph, ¿cómo en la Biblia?». «Sí», dijo Joseph.

Jack abrió la puerta del taxi, se instaló, arrancó. Sacó su brazo por la ventanilla, les despidió. Los dos respondieron. Luego se miraron. Joseph dijo: «¿damos un paseo?». «Sí», dijo Julie; y se alejaron.

Joseph también era de provincias, quizá incluso extranjero. Llevaba un plano de París que estudiaba por la noche. Ella le preguntó que qué leía, y él le respondió: «El plano de París». Ella prefería explorarla. Ella ya sabía qué grandes arterias llevaban a las otras. Comprendía dónde estaba los Campos Elíseos en relación con la Ópera, etc. Ahora descubría las calles pequeñas. «¿Pero presta atención a las calles de sentido único?», le preguntó él muy serio. «No».

Todavía no sé cómo sucedió lo que podría no haber sucedido. Puede que Julie estuviera cansada de pasear sola por la gran ciudad. Y a Joseph le había gustado enseguida. Y el propio Jack decía que había que conocer a gente. Amaba tanto a Jack que no había desconfiado, ni de Joseph ni de ella misma. Ni de la noche de verano, ni de París, que nunca terminaba bajo sus pasos.

Y luego algunas cosas no llevaban a nada. Y Joseph, qué nombre, sin pretensión de hacerse querer.

Al propio Joseph no le gustaba su nombre, pero se había acostumbrado a él, como a tantas otras cosas. Pero Julie estaba fuera de su ámbito. Él tampoco conocía a nadie en París. Y puesto que no conocía a Julie, se dijo, es mejor, porque tenía ambición, pensaba. Pensaba que trabajando doce horas al día tres años, conseguiría su licencia de taxi, luego, dos años después, tendría su propio taxi, luego varios. Y que entonces aquello no se acabaría. Contándole esto, en una gran avenida, cruzando los taxis que se dirigían hacia direcciones desconocidas, su sueño se hacía grande.

Se pararon en el Boulevard de Sébastopol. Julie compró una camiseta blanca a Jack en una de esas tiendas en las que había centenares de pantalones en la acera.

Con Julie había sido inmediato. Sin duda estaba listo, ese día, para verla y amarla.

Así que en medio de sus historias de taxi, que veía de todos los colores, le dijo muy tranquilamente, sin intentar seducirla, como una constatación, «es irresistible». Con un ligero acento de otra parte. «Tú también», le habría respondido ella. Y luego: «¿De dónde vienes?». «De allí», habría contestado él. Y parecía muy lejano. Así que supongo que fue en el muelle del Sena, en el distrito quince, un barrio que ella no había explorado todavía, donde se besaron.

Julie estaba sentada en un bordillo, abría una de sus sandalias rojas, cuyo cierre le molestaba un poco.

Joseph preguntó: ¿Dónde vamos ahora?
Julie: A tu habitación.
Joseph: No me gusta mi habitación. Nadie ha entrado nunca.
Julie: ¿No?
Joseph: Ni mi padre.
Julie: No sé para qué tiene que ir tu padre ahí. ¿Por qué te quedas ahí entonces?
Joseph: No me gusta mi habitación cuando pienso en ella, pero casi nunca pienso en ella.
Julie: ¿En qué piensas entonces?
Joseph: Pienso en cuándo viviré en otra parte, en cuándo ya no llevaré el taxi, en cuándo estaré menos solo.
Julie: Son pensamientos terribles.
Joseph: ¿Y tú?
Julie: Yo todavía no sé en qué pienso, estoy contenta así. Por la noche pienso en Jack. Por el día, no hace falta, está ahí.
Joseph: Por la noche, cuando piensas en él, ¿en qué piensas?
Julie: Intento adivinar dónde está, y el resto, no tengo derecho a decirlo. Pienso en ello y luego lo siento, es todo.
Joseph: Ya es mucho.
Julie: Mucho, por ahora.
Joseph: ¿Ahora vas a pensar en mí durante el día?
Julie: No, no creo. Y bueno, ya sabes, la mayor parte del tiempo no pienso en nada.
Joseph: Eso debe ser muy difícil.
Julie: Sabes, Joseph, no quiero que hablemos de en qué pensamos. Es cosa de cada uno.

Se detuvieron delante de la puerta de un hotel. Ninguno dio un paso de más. Pero había que hacer algo. Entonces, ella le sonrió. Y con esa sonrisa se abandonó.

La habitación del hotel no era lujosa. Una pequeña habitación con lavabo. Una ventana daba al Sena y la luna. Julie, sentada en la cama deshecha, volvía a atar sus sandalias rojas a sus pies descalzos. Joseph se peinaba el pelo antes de pasarle su peine. Ella se asombró:

«¿Paseas con un peine?».
Joseph: Sí.
Julie: ¿Y qué más?
Joseph: Es todo, hoy.
Julie: Joseph, ¿por qué viniste a París?
Joseph: Para ser feliz, Julie, y ya lo ves.
Julie: ¿Así?
Joseph: Así.

Dejaron la habitación. Ella no se olvidó de la camiseta de Jack.

Fuera, las luces de los coches, un poco de luz de la ciudad.
Julie entornó los ojos, sólo un poco. Pero se acostumbró muy rápido.
Delante de la puerta del hotel, respiró el aire de la noche por un momento, miró cómo pasaba una nube delante de la luna. Dijo: «No creo que vaya a llover». Luego, se alejó unos pasos.
Él se quedó ahí, esperando.

Joseph: ¿Dónde vas?
Julie: A casa.
Joseph: ¿A casa con Jack?

Ella se alejó.
Caminó un poco por el boulevard vacío, sin prisa, no alterada por su noche.

En casa, cuando entró Julie, todavía no se ha hecho de día, pero estaba un poco más claro que en medio de la noche.
Abrió grande las ventanas. La avenida estaba tranquila. Algunos pasos aislados, apenas algunos coches, un poco de ruido de pájaros. Escuchaba pasos en las escaleras, fue a abrir la puerta.
Jack estaba ya delante. Ella le abrió los brazos. Le acogió como siempre. Con deseo, alegría y emoción.
Jack estaba borracho de cansancio esa mañana. Con un poco de barba y ligeramente ojeroso.

«Estás ojeroso», le dijo ella, «pero te sienta bien».

Al ver a Julie, desapareció el cansancio.

Medio amándose, medio dormido, como si fuera a propósito, Jack le preguntó también en qué pensó esa noche, lejos de él.

Julie: Es raro, tengo la sensación de haber vivido ya eso. Bueno, pienso en ti. ¿Y tú?.
Jack: Yo también, pienso en ti y me apresuro, pero no sirve de nada, la noche no va más rápido por eso.
Julie: Al contrario, en este momento se alarga, en este momento, Jack.
Jack: Sí, y el tiempo se hace cada vez más largo sin ti. Hoy tengo ganas de ponerme enfermo.
Julie: ¿Sí?
Jack: Pero si empiezo a hacerlo, a la siguiente noche estaré realmente enfermo, me acostumbraré a estar contigo, noche y día, así que es mejor que vaya. Y mañana hay que pagar el alquiler.
Julie: ¿Crees que es verdaderamente necesario?
Jack: Tengo miedo.
Julie: Ves, por suerte no tenemos teléfono, estaría eso también.
Jack: Ya sabes, por la noche me gano mejor la vida. La gente ahorra menos que de día.
Julie: ¿Por la oscuridad?
Jack: Por la noche están enamorados, o vienen de no estarlo, o van a estarlo; de todas formas están emocionados, así que dan una propina. A veces me da vergüenza de aprovechare de su emoción.
Julie: Pero también hay gánsteres, o gente que sale de cenas de negocios. Esos no están emocionados.
Jack: Menos, depende.
Julie: ¿Y de día?
Jack: De día, no lo sé.

Más tarde, al mediodía.

Jack se liberó suavemente del brazo de Julie que le rodeaba. Se veía el esbozo de una sonrisa en los labios de ella, sus pestañas se movían ligeramente. Pero no abrió los ojos para no inquietarle.
Sólo los abrió cuando él estaba de pie, de espaldas a ella. Ella le miró, él entreabrió las cortinas.

Jack: Tienes los ojos abiertos y me miras.
Julie: ¿Cómo lo sabes?
Jack: Son cosas que se sienten.
Julie: ¿Y qué más sientes?

Jack bajó los ojos, hacia su sexo en erección.

Julie: Eso no, ¿qué otra cosa sientes en mí?
Jack: Tus labios tiemblan ligeramente.

Entonces, sin hacer el menor ruido, Julie salió de la cama y se acercó a Jack. Estaba detrás de él, contra él, sus manos rodearon la parte baja de su cuerpo, su sexo.

Jack dijo: Siento eso.

Se dio la vuelta y la penetró suavemente. Apenas se movieron. Se corieron de pie, juntos.

Un poco después, muy tranquilamente, otra constatación.
Julie dijo: Nos queremos.
Jack lo repitió.
Pasaron un día delicioso, juntos, uno con el otro. 

Cuando cayó la noche, no querían separarse. «Por qué hay que trabajar?», dijo ella. «No lo sé, pero es así. Es razonable».

—No me gusta esa palabra.
—A mí tampoco.

Ella bajó con él. Jack llevaba la camiseta blanca que Julie le había comprado. Estaba pálido al ver tan poco el día; y fuera, con la luz, su palidez resaltaba más.

Julie: Qué pálido estás.
Jack: Tú también.

Hacía buen tiempo, un cielo coloreado. Se separaron.

Julie caminó un poco por el boulevard, entró de nuevo en la tienda en la que había comprado la camiseta. Esta vez, compró una negra. Luego, un poco más lejos, unas gafas de sol que se probó frunciendo la nariz.

Cuando llegó al café, en Place du Châtelet, Joseph estaba ya sentado, delante de una cerveza. Su mirada estaba fija en la puerta de entrada. Al verla, le sonrió, aliviado.

Ella se sentó a su lado en la banqueta, bebió unos tragos de su cerveza y luego le probó las gafas de sol. Le quedaban bien. Él las levantó para acercar su rostro al de Julie. Se besaron.

Sus rostros se separaron un poco sin aliento.

Julie dijo: «No se hace así. Ya no somos niños». Pero vemos que le daba igual.

Joseph le dijo que no lo sabía, porque era la primera vez que estaba enamorado. Pagaron, salieron. Cuando pagó, Joseph sacó un fajo de billetes de su bolsillo, como hacía Jack, cada noche.

Ella le preguntó: «¿No tienes cartera?». «No».

Más tarde, despidiéndose, cerca de un pequeño hotel, después de una noche muy hermosa, ella le dijo: «Mañana no nos veremos». «¿Por qué?», le preguntó Joseph, desconcertado.
«Es domingo».
Joseph se quedó ahí, de pie, como inconsciente.
Julie no se dio la vuelta y no vio nada.

El domingo era el mejor día de la semana para Jack y Julie. Jack no trabajaba la noche del domingo al lunes, tenían todo el tiempo para ellos. Tenían un día, una noche y otro día.
Pero este domingo fue complicado.
Jack y Julie tomaron el desayuno en la cama, cuando llamaron al timbre.

Julie: ¿Esperas a alguien?
Jack: No, ¿y tú?
Julie: No.

Llamaron otra vez. Julie se puso su vestido de algodón y fue a ver, descalza.
Abrió. Ante ella, dos personas, sin aire, endomingadas, ahí, con una pequeña maleta en la mano.

La mujer: Aquí estamos.
El hombre: No teníamos noticias.

Julie les hizo pasar al salón, donde se sentaron en el pequeño diván. Era prácticamente todo lo que había en la habitación. Parecían intimidados, perdidos.

Ella fue a su cuarto y anunció a Jack que sus padres estaban allí.
Esperando a que se levantara, volvió al salón.
La madre tenía un pastel en las rodillas, había olvidado dárselo. El padre quería cederle su sitio en el diván, pero Julie no quería. El padre no insistió. Entonces, para hacer algo, el padre se puso a dar golpecitos a la pared. «No es muy sólida. Bueno, supongo que se sostiene». Se rió un poco. Julie fue a buscar un taburete a la cocina. Se sentó en él. Alisó su vestido sobre sus piernas desnudas. La madre la miraba, preocupada. «¿No te da miedo pincharte con una astilla?». «Ya no», dijo Julie.
Jack apareció por fin, no afeitado, pero sí peinado, vestido con una camisa no muy planchada.
Los padres se levantaron al mismo tiempo.
La madre parecía apurada. «Jack, tienes mala cara». Jack le dio un beso. «Buenos días, mamá». Luego su padre, «buenos días, papá. ¿Cómo vais?». «Bien», dijeron los padres, volviendo a sentarse. Repitieron, un poco torpemente: «No teníamos noticias vuestras, así que...».
Jack no podía evitar mirar a Julie, que estaba tan atractiva, sentada en su silla. Julie le miró de reojo.
Jack: ¿Algo de beber?
«No, no».
«Sí».
Él se alejó. Ella le siguió poco después, diciendo: «Perdonad».
En la cocina, se agarraban, se acariciaban. La cabeza de Jack contra la falda de Julie, que se había subido a un taburete para coger unos vasos, que no se movía y que susurraba, con un hilo de aire: «Jack, nos esperan».
De la otra habitación llegaba la conversación incómoda de los padres.
El padre: Viven bien.
La madre no había respondido nada.
El padre había intentado otra cosa: «Es un buen barrio, bastante céntrico».
La madre: «Sí».
El padre: «Evidentemente, es un poco pequeño y no crecerá».
La madre: «Oh, Pierre, tengo miedo».
Julie entra con vasos inadecuados y la botella de Oporto no empezada que traía Jack, a la vez que otro taburete. Esta vez eran los niños quienes estaban un poco sin aire e intentaban recuperarse.

El padre: Entonces, ¿cómo va? ¿Cómo os las arregláis?
Jack: Bien, papá, soy taxista, por la noche.
El padre: ¿Por la noche?
Jack: Sí, es provisional.
El padre: Entiendo. Bien. Está bien. Estoy contento por ti.
La madre: Y Julie, ¿tú qué haces?
Julie: No hago gran cosa por el momento. Tenemos tiempo.
El padre: Claro.
La madre: Julie también ha cambiado, ya no es una jovencita.
Jack: Claro.
La madre: «Las mujeres saben más, más rápido que los hombres». Con un tono inquieto, no puede impedir añadir: «Por eso siempre es mejor cuando hay una diferencia de edad».
El padre: Bueno, ya está hecho, ¡está hecho!
Jack balanceaba su pie que, casi sin querer, acariciaba regularmente la pierna de Julie.
El padre, la madre se daban cuenta.
El padre: ¿No hay nada en camino?
Jack: Pues no, tenemos tiempo.
La madre: Françoise ya está esperando un niño. Hay que esperar en esos casos.
El padre: Sí, y ya sabes, ha demolido las dos casas de enfrente, van a construir un edificio.
La madre: Va a ser un jaleo, pero tu tía Louise está muy contenta, vendrá a vivir enfrente nuestra.
El padre: Una mujer sola, ya sabes.
Jack y Julie estaban a pleno sol. Sorprendieron a Julie bostezando de bienestar. Luego, Jack.
Jack: ¿Queréis comer algo?
La madre: No, está bien.
El padre: Jacqueline tiene cáncer, imagina.
La madre: Además de metástasis, le han dicho.
El padre: Es verdaderamente terrible. Un cáncer de mama.
La madre: «Acababan de mudarse. Espero que vayas a veces al médico, Jacques. Y tú también, Julie. Las mujeres están en peligro a día de hoy». Coge la mano de Julie.
El padre: Y también al dentista. ¿Al menos tienes los dientes bien, Jack?
Jack: Claro.
El padre: Los dientes, al final, son importantes. Al menos, tanto como lo demás.
El padre lo decía tan suavemente que casi daban ganas de llorar.
El padre, de repente, nervioso: «Bueno, ¿nos vamos?».
La padre: Nos vamos.
El padre repite de nuevo: «No queríamos molestaros, sólo tener noticias vuestras».
Cuando los padres se marchan, Jack y Julie se reencuentran.

En su habitación, más tarde.
Julie estaba cansada de sus sandalias rojas, tenía ganas de probar con tacones.
Julie: ¿No te parece más bonito?
Jack: Es diferente, pareces más una mujer.
Julie: Pero soy una mujer.
Jack: Una mujer lleva los labios pintados de rojo, un bolso y, a menudo, tienen niños.
Julie:¿Quieres un niño, Jack?
Jack: Me gustaría el año que viene, cuando todo haya cambiado.
Julie: Con un niño necesitaremos teléfono, por si se pone malo. Necesitaremos tener amigos con niños, para que pueda ver a gente de su edad. Y yo ya no podré pasear por la noche. Con un niño, tendremos que dejar las pizzas y los desayunos, tendremos que comer carne para que tenga fuerza.
Jack: Tenemos fuerza sin carne.
Julie: Sí, pero no tenemos niños.
Jack: Es verdad, ni amigos, ni nada.
Julie: Con un niño es diferente. Con un niño, tendremos miedo todo el tiempo.
Jack: ¿Miedo?
Julie: Sí, es lo que mi madre me ha dicho. Desde que me tuvo, tuvo miedo. Miedo por mí, miedo de hacer algo mal. Miedo de que yo muriera. Todo contaba. Los gestos que hacía. Por la noche, se levantaba para ver si había dejado de respirar.
Jack: ¿Se puede dejar de respirar así?
Julie: Parece que sí.
Jack: ¿Crees que los hombres también tienen miedo?
Julie: No lo sé, mi padre nunca dijo nada. Pero basta con que las mujeres tengan miedo.
Jack: ¿Entonces?
Julie: Entonces nada, es todo.
Jack:  Entonces es toda una historia tener un hijo.
Julie: Sí, esperemos un poco más.
Jack: Es verdad, no hay ninguna prisa.
Julie: No.
Jack: Sin embargo, siempre dicen que el niño es fruto del amor.
Julie: Y la manzana el fruto del manzano, la pera el fruto del peral... La tontería el fruto de la inteligencia, la crueldad el fruto del tedio. Y el hombre viene del mono y el mono del árbol lleno de frutos.
Jack: ¡Todo lo que se dice!
Julie: Lo que es importante es lo que no se dice.
Jack: Si han venido hoy, ¿es porque todavía tienen miedo?
Julie: ¿Quién?
Jack: Los padres.
Julie: El miedo dura.
Y siguen así por un tiempo.

Julie hacía a Jack cada vez más feliz, a Joseph también. Ella también estaba bien.
No tenía mucho tiempo libre, pero tenía la sensación de que sí. Ni siquiera decía: A ver si dura. No era su estilo.
Una vez Jack lo dijo, le salió así, pero rectificó, diciendo: «durará lo que dure, cuanto más mejor».
En cuanto a Joseph, con esta especie de evidencia que tenía en su manera de hablar, cuando le decía: «Soy feliz», Julie decía: «Esas cosas no se dicen».
Joseph: ¿Por qué no?
Julie: Son cosas que se sienten.
Joseph la miraba.
Joseph: ¿Quieres que se digan cosas que no se sienten?
Julie: No es eso, cuando se siente, se ve, así que, para qué decirlo. Es como repetir dos veces lo mismo.
Joseph: Pero a mí me gusta repetir. Sobre todo eso, que estoy feliz.
Julie: Y si estuvieras triste, dirías todos los días, estoy triste.
Joseph: Antes estaba acostumbrado a estar triste. Ni siquiera me daba cuenta, no decía nada. Además, a quién decirlo.
Julie: A nadie, claro.
Joseph: Mientras que estar feliz es algo fuera de lo común, sobre todo en este momento.
Julie: Es verdad.
Joseph: Alguien me dijo, ten cuidado, si nunca te enamoras, empezarás a aburrirte. Pregunté qué tipo de aburrimiento. Me dijeron: aburrimientos de todo tipo.
Julie: Es vago.

Esa misma mañana, Jack también le dijo: «estoy feliz, no sabía que se podía estar tan feliz. Por suerte, están las noches, en las que estoy menos feliz, pero estoy igualmente feliz pensando en el siguiente día contigo. Pero si sólo quedaran los días, no sé si me daría cuenta. Todo se parecería».

Julie: Vuelve a empezar.
Jack: ¿Qué vuelve a empezar?
Julie: Esta historia. Siempre se dice que se está feliz.
Jack: ¿Por qué dices eso?
Julie: No lo sé, siempre se dice lo mismo.
Jack: Crees que somos personas aburridas, tontas y felices. Sin historias.
Julie: Puede que se pudiera decir eso de nosotros, pero como no hay nadie. Nadie puede decirlo. Sólo nosotros.
Jack: Pero nosotros no lo decimos, porque no lo sentimos.
Julie: Lo que quiero decir es que la palabra feliz es abstracta. Cómo se puede estar seguro de estar verdaderamente feliz.
Jack: Pero estoy seguro de que es lo que siento, que esto es estar feliz.
Julie: En las historias se dice: se casaron, fueron felices y tuvieron muchos niños.
Jack: ¿Y?
Julie: Y ya está, eso no explica nada.
Jack: No hay nada que explicar. No es complicado.
Julie: Es verdad, no hay nada que explicar.
Jack: Joseph también es feliz.
Julie: ¿Por qué dices eso?
Jack: No lo sé, es una sensación, aunque hoy parecía agobiado. Solemos quedarnos hablando un poco al cambiar el taxi. No somos verdaderos amigos, claro, pero bueno, hablamos.
Jack: ¿No me preguntas de qué?
Julie: Sí, te lo pregunto.
Jack: Es difícil decirlo. Son palabras.
Julie: ¿Cómo palabras?
Jack: Palabras en francés. ¿Va bien? Va bien. El día es duro. La noche es mejor, por ejemplo. Depende de los días, depende de las noches. Cosas así.
Julie: ¿Entonces?
Jack: Bueno, es todo. Es un chico muy raro. Pero creo que es bueno.
Julie: ¿Bueno?
Jack: Sí, consigo mismo. Ese tipo de cosas se notan enseguida.

Con Joseph solía cambiar de hotel, debido al desayuno. Porque cada vez que en la entrada rellenaban la ficha, a veces con nombres inventados cuando no les pedían su identificación, de todos modos les preguntaban a qué hora querían el desayuno. Joseph había apuntado que era una gran indiscreción, él que era tan sensible a estas cosa.
Al principio, Julie había respondido muy rápidamente: «A las 8». Luego, ¿té o café? «Café y té». Sabían que no se quedarían hasta entonces. Que antes de que amaneciera, dejarían la habitación. Venían para amarse tanto como pudieran. Sólo algunas horas arrancadas. El tiempo de desnudarse rápidamente, de meterse o no en las sábanas y de amarse sin palabras.
Un silencio tan impresionante que a veces, no soportándolo más, ella decía: «habla, di algo». «Sí», decía él, y era todo. O a veces ni siquiera eso. En todo caso, al principio.
Con Jack era diferente, hablaba, decía todo lo que se le pasaba por la cabeza. También estaba bien. Diferente, pero igualmente bien. Sobre todo, no debía quedarse dormida, no debía dejar que le sorprendiera el amanecer. En silencio, se vestían, o susurrando. Las paredes eran tan finas.
Luego, furtivamente, pasaban por delante de la recepcionista, dejaban las llaves en el mostrador como si fueran a volver. Pagaban al llegar. A menudo, lo hacía él. A veces, ella ponía su mano encima para impedirle hacerlo. Ella tenía dinero, también. Entonces, le decía: «has cambiado los taxis por mí». Entonces él decía otra cosa, decía: «pensaré en los taxis el año que viene», él también. «¿Qué iba a cambiar eso, si nunca había visto tantos taxis? Pasarás siempre el domingo conmigo». Y luego decía: «Ya no tengo la cabeza en los taxis». En efecto, ella le había hecho perder la cabeza.
«¿Me preferirías si tuviera todos esos taxis?».
«No lo sé. Pero quizá tú sí te preferirías».
Joseph: «Cuando se tiene todo eso, se puede tener una vida de familia. Es lo que dicen todos, los otros taxistas. Se quejan mucho». En los hoteles, siempre había un problema u otro. Problemas de plomería, problemas de camas, problemas de llaves. Cómo cerrar, cómo volver a abrir, eso les hacía reír. Joseph decía: «Por suerte no hay pulgas. Cuando mis padres hicieron el viaje de novios, vinieron a París. De lo único de lo que se acuerdan es de las pulgas en su hotel».

Desde la puerta cerrada del hotel aceleraban el paso, un poco temblorosos, aún desorientados. Luego se abrazaban y daban unos pasos. Luego, con las piernas un poco flojas, se precipitaban en el interior un taxi, daban una dirección y les acercaban a casa de ella o de él. Nunca delante de la puerta. Por pudor. Las ventanas del taxi estaban abiertas. Sus cuerpos se dejaban ir en el asiento trasero. Sus cabezas daban un poco de vueltas y a veces se tocaban. Una vez llegaban a la dirección, nadie bajaba. Indicaban otra dirección que se acercaba a la casa del otro y así seguían hasta que sentían que la luz se volvía demasiado intensa. Entonces ella bajaba y volvía a casa.

Un día, en el hotel, se quedaron dormidos en medio de un gesto. Puede que porque ese día Joseph había hablado muy suavemente. Sus palabras la habían acunado. Joseph no la había despertado, quería ver si ella se olvidaba de la hora. Ella se levantó sobresaltada. Era como una pesadilla. Ya era de día. Salió sin esperar.
En su edificio, subió cuatro a cuatro los escalones de las tres primeras plantas.
Luego se recuperó.
Casi queriendo, se había arrastrado por las dos últimas plantas. Y escuchaba a alguien subir detrás de ella. Volvió unos segundos antes que él y se lanzó a sus brazos.
«Jack, si supieras, casi nos pasa algo», le dijo.
Jack: ¿Qué, Julie?
Julie: Algo como una mentira.

La vida siguió así por un tiempo.
Ella amaba a estos dos chicos, a cada uno a su manera. Sin que una historia de amor interfiriera en la otra. Lo único es que Julie se enredaba algunas veces. Creía que era Jack quien le había dicho algo mientras que era Joseph, o al revés. De todos modos, no llegó al punto de decirle Jack a Joseph o Joseph a Jack, ella les distinguía bien.
No, sólo tenía que ver con las frases.
Y luego se diría que cada vez que uno abordaba un tema, era el mismo tema que el otro abordaba justo después, quizá a veces bajo otro punto de vista, pero el mismo tema.
Además, Julie estaba un poco cansada. Jack también. Joseph también. Nadie se atrevía a decirlo y nadie quería dormirse. A veces se dormían sólo un momento, un minuto, y luego se despertaban, avergonzados. E incluso tristes. El otro día decía que no tenía importancia. Por momentos, era verdad; en otros momentos, no.

Y fuera, por la mañana temprano, con sus gafas oscuras, Julie tiritaba. Con un gesto vivo, se pintaba de rojo los labios. Labios rojos, piel blanca y gafas oscuras. Bebía unos tragos de una lata de cerveza que dejaba caer al suelo. Caminaba vacilando un poco sobre sus tacones. Muy guapa.
Antes, entre Jack y Julie, si se dormían, era al mismo tiempo. Ahora, podía ocurrir que Julie se durmiese en medio de una frase o de un gesto cuando Jack la escuchaba, o al revés.
Por el momento, Joseph aguantaba. Era el que había llegado más tarde a esta historia, así que tenía ventaja. Pero cada vez lo pasaba peor cuando Julie le dejaba cuando se hacía de día. Se atrevía a decirlo. Incluso empezaba a presionarla para que se quedara. Nunca pronunciaba el nombre de Jack, sólo cuando era inevitable. Normalmente, decía él, o no decía nada. Era el segundo y entendía que ellos se amaban. Pero cada vez más quería ser el más querido.
Julie lo notaba y empezaba a tener miedo. Sobre todo cuando Joseph le hacía preguntas.
Joseph: ¿De verdad no tienes preferencia?
Julie: No.
Joseph: ¿Y eso nunca cambiará?
Julie: No creo.
Joseph: Pero yo sólo te quiero a ti.
Julie: Yo no soy tú. Además, no es mi culpa. Y luego, si ocurriera que te quisiera más, entonces ya no te querría.
Entonces Joseph se callaba. Lleno de incomprensión. Y esta incomprensión molestaba y asustaba a Julie.
Hacia las cuatro de la mañana incluso empezaba a tener mucho miedo, porque Joseph no conseguía dejar de retenerla. Decía: «Sólo esta vez». Sufría y eso le hacía sufrir también. No era eso lo que ella habría querido.

Decía: no, no sufro, sólo hay un problema, la mañana, cuando nos separamos.
Julie: ¿Qué?
Joseph: Es tan brusco. Estás ahí, y de repente, ya no estás. Es brusco.
Julie:  Pero no podemos separarnos por trocitos.
Joseph: No. Pero es brusco. Es brusco.
Julie: Quieres decir brutal.
Joseph: Sí, quiero decir todo eso, brusco y brutal. Es como si sucediera en un segundo. Y luego ya nada.
Julie: Pero no es para siempre. Luego nos volveremos a ver.
Joseph: Nunca se está seguro.
Julie: No, nunca se está seguro de nada.
Sin duda, también era eso lo que hacía sufrir a Joseph y desde luego le habría hecho sufrir en cualquier tipo de situación, cuando Julie desaparecía como él decía en un segundo, porque podía no volver a aparecer nunca más.
A veces Jack se sorprendía porque no la encontraba por la noche, durante los paseos, mientras que ambos recorrían la ciudad.
Una noche pasó delante de ella, con un cliente. Caminaba delante de Joseph, que se había parado para comprar cordones. Jack había frenado hasta ir a su ritmo y seguir por un momento al lado de Julie. Había abierto la ventana y estaba a punto de llamarla. Pero parecía estar tan ausente, en un mundo al que él no podía acceder que renunció. Cambió a segunda y se alejó.

En casa, Jack empezó a ponerse nervioso. Sin duda, porque ella también tenía sus ausencias y había algo tenso. Daba vueltas. Julie no lograba pararle.

Julie: ¿Qué pasa, Jack? ¿No estamos bien así?
Jack: Sí, pero a veces, tengo la sensación de que no va a durar.
Julie: No deberías.
Jack: Entonces, estamos demasiado bien, tengo miedo.
Julie: Si tienes miedo, es porque ya no estás tan bien.
Jack: Oh, no, es imposible eso.
Julie también daba vueltas. Movía las puertas para generar una corriente de aire. Luego las cerraba de golpe.
Julie: Es el calor. El cansancio.
Jack: Sí, desde luego.

Pero cuando la besaba, no era tan simple como antes. Era un tormento. Y cuando la abrazó, fue de forma brusca.

«Me haces daño, Jack», dijo ella.
Jack: Oh, lo siento.
Y él tenía lágrimas en los ojos. Lloraba en sus brazos sin saber por qué.
«A veces es bueno, ¿no?», dijo él.

Y Jack la llevó, porque ella le pidió ir con él en el taxi. Pero ella estaba mal, se sentía mareada. Aunque estuvieran todas las ventanas abiertas, se sentía oprimida.

Jack conducía muy rápido, de forma peligrosa. Parecía que quería que sucediera algo irremediable. Sobre todo en la periférica. Se pegaba a los coches más potentes y les obligaba a doblar. Los ponía en peligro, pero siempre en el último segundo restablecía la situación. Los clientes eran como sombras silenciosas en el asiento trasero del taxi.

Un cliente les llevó al centro. Julie escrutaba la noche. Pasaron delante de Châtelet. Al principio de la noche, a través del cristal del taxi, había visto a Joseph entrar en su café. Pero ahora, le esperaba de pie, delante del café cerrado. Tenía un aspecto raro, terco, con los puños cerrados.

Un poco después, le pidió salir del taxi. Quería volver. Bueno, empezaba a ir mal.

A la noche siguiente, cuando salió de casa, Joseph la esperaba, al otro lado de la calle. Vio despedirse a Jack y Julie. Dejó que tomara un poco la delantera. Ya estaba esperándole en el café cuando llegó. Se sentó cerca de ella sin decir nada.

Julie: Creía que no vendrías. ¿No me preguntas nada, Joseph?
Joseph: Sí, Julie.
Julie: Entonces, pregúntame.
Joseph: Te lo pregunto.
Julie: Jack, me quedé con él.
Joseph: Y me dejaste sin ti.
Julie: Me necesitaba.
Joseph: ¿Y tú?
Julie: Yo también.
Joseph: ¿Y a mí?
Julie: A ti también.
Joseph: ¿Necesitas a todo el mundo al mismo tiempo entonces? Y esta noche, ¿no te necesita?
Julie: No.
Joseph: ¿Y mañana?
Julie: Mañana no lo sé.

Cuando salieron del café, Julie vio a Jack esperando en la fila de taxis. Ella le miraba, fascinada. Él esperaba inmóvil, con las manos en el volante, con los ojos apenas abiertos. Alguien entró, arrancó. Al cambiar de carril, rayó sin querer un coche. Julie ceró los ojos un segundo. Julie y Joseph estaban en medio de la calle. Joseph se había parado a la vez que ella, pero no veía a Jack, porque miraba a Julie, que parecía tan absorta.

Delante de ellos pasó, sin que pudieran reaccionar, un coche descapotable con una matrícula extraña. La radio estaba a todo volumen. Había ocho personas dentro. Ella les rozó, muy rápido.
Joseph: Mañana por la mañana te necesitaré.
Julie: No, no digas eso.
Joseph: Pero es verdad.
Julie: Cómo puedes saberlo, aún no es por la mañana. No es justo.

Los coches circulaban alrededor de ellos. Algunos les avisaban tocando el claxon prolongadamente y les evitaban por poco.

Jospeh: No, no es justo. Pero qué es justo. Pasado mañana será domingo.
Julie: Todavía está lejos.

Un taxi estuvo a punto de atropellarlos, al pasar creó una brusca bocanada que hizo revolotear el costado de la camisa de Joseph.

Joseph: Empiezo a sentir llegar el domingo desde muy pronto en la semana.
Julie: Jack me ha dicho que me ha visto, ayer por la noche.
Joseph: ¿Y a mí?
Julie: No, a ti no. Pero es como si lo hubiera sentido.
Joseph: Yo os he visto esta noche, a ti y a él. Y es como si os sintiera todo el tiempo.
Julie: Y yo te vi ayer por la noche.
Joseph: No, no nos vimos. Estabas con él.
Julie: No nos vimos, pero yo te vi.
Joseph: ¿Cómo estaba?
Julie: Solo.
Joseph: Yo te vi, pero no estabas sola. Estabais juntos. Yo sé que estáis juntos, pero él no lo sabe. No es justo.
Julie: No, no es justo. Quizá debería decírselo. Así habría otra persona triste.
Joseph: ¿Vas a decírselo?
Julie: No tiene que ver contigo.
Joseph: No. Pero entonces le mientes.
Julie: No. Nunca.

Jack había empezado a observar a Julie. No le quitaba los ojos de encima y eso la incomodaba. «No me mires así, todo el tiempo».
Jack: ¿Por qué no?
Julie: No sé.
Jack: Miro si cambias.
Julie: ¿Y qué es lo que ves?
Jack: No lo sé muy bien.

Y luego, a veces, ella no reaccionaba cuando él quería estar con ella. Se dejaba hacer.

Jack: ¿Qué te pasa, mi Julie?

Ella no sabía. Entonces él intentaba hacerla reír.

Caminaba por todo el apartamento, por ejemplo, apoyándose en las mano, no era verdaderamente gracioso, pero era algo, y a veces conseguía hacerla reír. Y poco después terminaban compartiendo una pizza, un momento de amor y placer.
«No, no has cambiado», se tranquilizaba Jack.
Pero los dos se estaban volviendo torpes. Jack se hería el dedo cortando el pan, se arañaba la cara afeitándose. Julie había roto la cafetera de cristal del desayuno. La había dejado caer, sobresaltada, cuando Jack la llamó desde el baño.
Jack recogió los trozos y casi se cortó el otro dedo. No era nada, no se había hecho daño. Veía que los esparadrapos creaban formas divertidas al final de sus dedos.
Julie acariciaba su cuerpo enflaquecido, los hoyuelos de su clavícula.
«Come, Jack, si no vas a desaparecer».
«Nunca. Tengo una constitución de hierro. Nunca he estado enfermo».
«Salvo cuando tuviste la rubeola».
«¿Cómo lo sabes?».
«Tu madre me lo dijo, por si alguna vez teníamos hijos».
Podría haberlo evitado.
¿Por qué?
No quiero que me imagines con ronchas.
No tengo tanta imaginación.
Nunca se sabe.
En todo caso, ya no quiero que trabajes. Que sí. Que no». Y se pelearon por primera vez. Al final, ella le dijo: «Te hago daño. No valgo para nada. «Eres una pilla», le respondió él, y así se reconciliaron, porque Julie había adorado esta imagen. «Soy una pilla, una pilla de la calle, soy poco, doy coces, me transformo».

Joseph, desde aquella noche en que ella se había quedado en el taxi con Jack, no paraba de hacer planes, como si quisiera forzar algo. Quería irse con ella de vacaciones. No era el momento. Pero habría un momento. «No lo sé», decía Julie.

Ella no podía encontrar un pretexto.

«Quieres que mienta».
«No, ya no serías tú».
Joseph: Entonces, dime qué vas a hacer exactamente el domingo.
Julie: No lo sé todavía, ¡pero qué importa!
Joseph: Si lo supiera, estaría mejor, no pasaría el tiempo imaginándoos. Estaría más tranquilo.
Julie: No hay nada que imaginar.
Joseph: Imagino, de todos modos. Tengo imaginaciones, tú y él, el domingo. Los otros días de la semana no. Sólo el domingo. Yo me quedo en casa el domingo, cierro todas las cortinas y espero al lunes. ¿Y tú?
Julie: Yo sé que va a llegar el lunes.
Joseph: Dime sólo si vais a bailar, sólo eso, o si vais a un restaurante, o si...
Julie: No, nos quedamos en casa.
Joseph: Eso es lo que me daba más miedo. Es justo lo que imaginaba. Esperaba verdaderamente que fuerais al restaurante.
Julie: Para, Joseph.
Joseph: Paro si no te vas esta mañana.
Julie: Vuelves a empezar. Quieres hacer sufrir a Jack, y por lo tanto a mí.
Joseph: No. ¿Pero quién te dice que sufrirá?
Julie: Todo el mundo sufre ya. Debería dejarte.
Joseph: No. (Había gritado).
Julie: No, no serviría de nada. Estás ahí ahora. Es demasiado tarde. Y Jack sufre ya. No sabe por qué. Pero yo lo sé, y ya es mucho. Nunca debí conocerte, pero no se puede volver atrás. Ah, si se pudiera.
Joseph: ¿Es lo que querrías?
Julie: No. No puedo imaginarme sin ti, y sin embargo ya es demasiado.
Joseph: No puedo imaginarme sin ti y sin embargo todavía no es bastante.
Julie: Entonces no funciona de todos modos.
Joseph: Tienes esa forma de ver las cosas.
Julie: Es verdad. Ven a acostarte a mi lado, tengo frío.
Joseph: Hace calor, no soy una manta.
Julie: Tengo frío, pero también me gustaría sentirte contra mí y quizá hacer el amor.
Joseph: «Quizá», ¿ni siquiera lo sabes?
Julie: No estoy segura.
Joseph: ¿Entonces es un riesgo?
Julie: Un riesgo que correr.
Joseph: Tengo miedo y si no va.
Julie: Sería terrible, pero puede que no.

Jack se puso a pensar que si había una sombra que le costaba definir que planeaba encima de ellos, era cosa del apartamento. Quería volver a pintarlo, tirar una pared para hacer crecer la habitación, de todos modos no necesitaban un salón.

Julie: ¿Y si vuelven tus padres?
Jack: No volverán.

Entonces, durante el día, en lugar de descansar y divertirse con Julie, se puso a golpear las paredes como un loco. Julie y él bajaban sacos de escayola, escombros, tosiendo. Todo eso en una especie de excitación triste.

Trabajaban juntos y a veces se tocaban fortuitamente, cruzándose en sus movimientos, o chocándose, o Jack la atraía hacia él o la abrazaba. A veces lo hacía Julie. Seguían amándose.

Pero Jack le preguntaba: «¿Qué vamos a hacer cuando se acabe la felicidad?».
Julie: Intentaos volver a encontrarla.
Jack: Y si nunca la volvemos a encontrar, ¿será la misma felicidad, el mismo amor?
Julie: No lo sé, tengo que pensarlo.

Hablaban todo eso mientras golpeaban las paredes, depositando los escombros en una esquina.

«Entonces, ¿lo has pensado?».
Julie: Lo he pensado, pero todavía no lo sé. ¿Crees que hay una respuesta para todas tus preguntas?
Jack: No lo sé, sólo pregunto.
Julie: Siempre se puede preguntar.
Jack: Como me has dicho que intentaremos volver a encontrarla...
Julie: Sí.
Jack: Es feo.
Julie: Sí, es feo.
Jack: Es feo y es feo y además me da igual. ¿Acaso estamos ahí?
Julie: No.
Jack: Por el momento todo crece.
Julie: ¿Y cuando deje de hacerlo?
Jack: Bueno, habrá crecido.
Julie: ¿Entonces?
Jack: Entonces veremos todo más claro.

Julie le obliga a acostarse un poco. Tenía que descansar. Le limpió la cara llena de polvo y de sudor. Busca su mano a tientas. Casi púdicamente. Él le sonríe pobremente. Luego, estala de risa cuando la ve tan sucia.

Rápidamente se levanta para seguir.

 Los vecinos están molestos, están manchando las moquetas de las escaleras. Hacen ruido. Entran en la casa para ver lo que ocurre, sobre todo porque es domingo y llevan más de diez horas.

Llaman a la policía.

Pero no todos están contra ellos. Algunos están a favor de ellos, y por eso mismo se permiten tocar el timbre, llegar en cualquier momento, a cualquier hora, para decir buenos días, y porque les apasiona el trabajo. Julie dice: «Si sigue así, será para el año que viene».

Y Jack: «Si sigue así, habrá que tener un niño y un teléfono. Si sigue así». Y seguía así. Porque ni uno ni la otra se ponía las pilas.

Y además, les pedían ayuda. Estar ahí el lunes por la mañana, cuando pasara el del gas, por ejemplo. Cuidar de los niños unas horas. Hacer una petición contra quienes habían llamado a la policía. Les frenaban un poco, pero no podían hacer nada para no sentirse invadidos. Sin duda estaban incómodos. Julie decía que había que mudarse, pero era un esfuerzo enorme. Los que estaban del lado de ellos les ayudaban a pintar, a terminar. Así que ni siquiera podían abrazarse. Todo el mundo era tan amistoso. Las mujeres se hacína amigas de Julie, le daban consejos. Los hombres la encontraban encantadora y confraternizaban con Jack.

Había vecinos de todas las edades. Había una dama con un perro que amaba a todo el mundo y que quería ayudar como fuera. Su perro corría por todas partes, y ella hacía montoncitos con los escombros que iba metiendo en pequeñas bolsas de basura y que luego cerraba bien. Era bastante aplicada. También les llevó a su vecino de enfrente, un chico muy amable al que consideraba como su hijo, y por encima de todo como a un amigo.

Era un gran chico negro que acababa de perder sus papeles ese mismo día, así que estaba echando un vistazo por todas partes, para ver si encontraba algo. Y luego había algunas parejas jóvenes. Jack y Julie se daban cuenta de que sus vecinos sabían bastantes cosas sobre ellos, las paredes eran muy finas.

Cuando todo acabó, los vecinos organizaron una fiesta para ellos. Y Julie se dijo, ya que tenemos que hacerla, bailemos. Bailó toda la noche del domingo con Jack y con otros. Él también.

Un joven dijo a Jack que no merecía la pena ser taxista en la era del audiovisual, que el dinero estaba ahí, casi todo el dinero. Le propuso un negocio, uno de verdad, no hacía falta una gran inversión para empezar. Estaba tan interesado en las inmobiliarias como en el audiovisual, así que pensaba grabar apartamentos en vídeo para venderlos después. Y luego, si los medios cambiaban, se podría pasar al videodisco láser. Todo eso no sería más que el principio, luego estaba la ciencia ficción como tema, o el amor. Por supuesto, se podía mezclar todo, y en todos los soportes.

En realidad, Jack no prestaba atención, miraba a Julie, que parecía divertirse. Además, no estaba muy seguro.

Entonces volvió a bailar, a divertirse.

Pero desde que se fue a la cama, no se movió. A su alrededor, alrededor de su cama, en el apartamento, que ahora sólo tenía una habitación, quedaban algunos invitados. Julie acariciaba a Jack como si fuera un niño pequeño. Él no reaccionaba. Lo único que dijo fue: «Todavía tenemos un poco de tiempo antes de que se haga de noche». Entonces Julie empezó a hablarle de Joseph. De manera simple, porque era el momento de que lo supiera. Porque ya no era posible lo que ella había creído posible.

No respondía. Dormía.

Entonces, ella salió. A pleno día. La luz le hacía daño en los ojos.

Había mucho tráfico. Mucho ruido. Todo el mundo tocaba el claxon. Era la vuelta, el mes de septiembre. Vio a las madres acompañando a sus hijos al colegio, vio a los empleados esperando a que abrieran las oficinas. Gente agobiada. Desapareció en medio de ellos.

 

© Fondos Chantal Akerman.

Publicado originalmente en
Bandes(s) à part, Bobigny, 25, 2014,
Le Magic Cinéma, 2014.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.