ESPECIAL CHANTAL AKERMAN

‘Le Déménagement’

Por Chantal Akerman

© Rodaje de Le Déménagement. Emile de la Hosseraye


Realizada en 1992, Le Déménagement pone en escena a Sami Frey, hablando solo en un apartamento, del que sólo veremos una habitación. El guión de la película es su monólogo.

 

El hombre entra en el apartamento al que se acaba de mudar.
Un apartamento moderno. Desnudo. Limpio. La sensación de limpieza, de desnudez subsiste, a pesar de las cajas, los muebles apiñados en un rincón, sin lógica. Choca las manos. Hay eco.

Dice:
Qué alivio. No hay un alma. Sólo yo.
Con el alma, siempre se acaba mal.

Vuelve a chocar las manos. Hay eco.
Es la falta de alma la que resuena. Es perfectamente cuadrado. Qué silencio.

Da unos pasos y cuenta:
Un, dos, tres, cuatro, cinco. Por un lado.
¡Uno, dos, tres, cuatro, cuatro y medio! He debido equivocarme.

Vuelve a empezar. Llega al mismo resultado.
Da igual, pensaré que es perfectamente rectangular.
Qué silencio. Dónde está la radio. La radio de Béatrice.
No me gusta cuando se escucha el silencio. Aquí el silencio se escucha. Sólo se le escucha a él.

Empieza a abrir las cajas y a buscar algo. Lo que busca es la radio de Béatrice, la busca durante todo el monólogo. O casi.

Nunca debí. Nunca debí mudarme. Qué he hecho.
Estaba bien en la otra. Casi. No, a menudo estaba mal. No estaba bien. Tenía que mudarme.
Salvo una vez, un verano. El verano de 1982. Estuve bien.
Todas las ventanas abiertas. Una ligera corriente de aire. La risa de las tres chicas que vivían al lado.
Acababan de mudarse. Eran estudiantes.
Por la mañana, el despertar. El aire todavía fresco. Nada. Ninguna postración. Las ganas de levantarse. De estar ahí. Un hombre de pie. Sus risas me animaban.
Una ducha fría. Un pantalón ligero, un poco largo, una camisa entreabierta. Pies descalzos. Vivía. Un gesto, otro. Un disco.
El sonido de unos pasos en la calle. Muy poco.
Un voz que dice: «Me voy al mar mañana».
Tengo la garganta cerrada. Es tan bonito.
Una carta de un amigo: «Ven a verme. A Italia. Hablaremos».
Contento con la carta. De todo en esta carta. No iré a Italia.
Debido a las risas que me animan.
Las tres chicas. Había una Juliette. Una Béatrice. Una Élisabeth.
JULIETTE. ÉLISABETH. BÉATRICE.
Las quería a las tres con un amor inmenso.
Fue JULIETTE quien me habló (o me aclaró) una mañana sobre el alma. Por la mañana, salía al rellano para recoger el correo. Juliette también.
Esperaba una carta, seguro. Esta casa tiene de verdad un alma, dijo. Sí, dije. Era influenciable. Debido al amor inmenso. Y del vestido rojo de algodón de Juliette. El alma de los colores oscuros y sucios. Con la pintura que se rasga. Con el ascensor averiado. El alma. Lo dijo con una especie de júbilo. Un suspiro de placer. Hasta entonces, yo pensaba lo contrario.
Ése alma, hasta entonces, me molestaba. Habría preferido un poco menos de alma. Ese día, no. Ese día, estaba de acuerdo con ella. Tuve que admitir que había un alma que nos llevaba y que ese alma me hacía suspirar de felicidad como a ella.
Todavía estaba impregnado de aquello cuando entré en mi apartamento.
También había algo más. Simplemente un suplemento de alma, todas las ventanas abiertas, ese verano de 1982, en el que tres estudiantes de ciencias humanas se había mudado justo al lado.
Una con un vestido rojo, Juliette. Hice bien en no hablar de su vestido rojo, a Juliette. No se le habla de un vestido a alguien que tiene el alma en la cabeza. No es el momento.
Ni de la carta que esperaba seguramente. Hablar de una carta habría sido incluso más circunstancial respecto al alma. No quería debido a las expectativas. Yo también tenía alma.
Mañana me voy al mar, había dicho este hombre de mediana edad. No sé si era su tono, el ritmo, ni lento, ni rápido, la voz de este hombre que me había impresionado o bien las dos palabras, una al lado de la otra, al mar mañana, mañana al mar.
Estaba de espaldas a la ventana cuando llegó. Miraba a otra parte. Abrazaba con la mirada el apartamento. Me cogió por sorpresa. La frase entera. Mañana me voy al mar. Esperaba que iba a irse de verdad. Esperaba por él. Esa esperanza venía también del alma. Sentía un profundo reconocimiento hacia Juliette por haber planteado esta cuestión. Reconocimiento y loco de amor. Una cosa iba de la mano de la otra. Si hubiera dicho, me voy mañana al campo con mi familia, campo va seguido obligatoriamente de familia, lo habría odiado.
Odio a la gente que va en familia al campo. Es así.
Menos, odio menos a la gente que va con la familia al mar o a la montaña. Lo que me habría gustado, al menos una vez, es que alguien dijera, me voy mañana o incluso la semana que viene con la familia al desierto o a un banco de hielo.

Vuelve a contar sus pasos por el apartamento.
Sí, es perfectamente rectangular.
Estoy contento.
Mañana me voy al mar. Era verdaderamente perfecto.
Élisabeth era de Toulouse. Béatrice era de Toulouse. Juliette era de Toulouse. Ninguna tenía perro.
Cada una tenía su habitación. Élisabeth tenía su habitación.
Béatrice tenía su habitación. Juliette tenía su habitación.
Ninguna tenía perro. Eso daba lugar a una fuerte concentración de toulousianas en un edificio parisino.
Cada una tenía familia en Toulouse.
Élisabeth tenía hermanos.
Juliette tenía hermanas.
Béatrice tenía hermanos.
Las tres familias formaban dieciocho personas de Toulouse en total. Las familias de Toulouse venían a ver a las tres chicas de Toulouse a París.
Me encontré con el padre de Juliette en el descansillo.
También me habló de la cuestión del alma.
Le dije enseguida que era ateo y de París, pero que estaba preparado para dejarme convencer.
Que nada me interesa más que los discursos teológicos. Y que en París, sobre todo en verano, era muy habitual. No aprovechó la oportunidad. Tenía hambre.
El alma, la escuchaba por todo París e incluso en su barrio. Una alma diferente, la de allí. Allí, el alma venía de la ropa colgada de las ventanas y de los chiquillos de grandes ojos negros y ojerosos que daban vueltas en bici por los terraplenes. Me pareció muy sensible. Tenía hambre.
Le dije, sí, la pobreza es fotogénica, porque era fotógrafo. 
Estaba de acuerdo. Muy fotogénica. De acuerdo y pensativo.
Pensaba en la cuestión de la fotogenia.
Yo también.
Los dos estábamos pensativos.
Yo no tenía hambre.
Él ya no hacía fotos. Se le había pasado.
Vendía sus películas a los otros, a los que las hacían. No todos eran como él. Otros seguían haciéndolas. En Toulouse. Felizmente. No había que dejar toda esa fotogenia sin fotos.
Me pidió que le fotografiara, a él y a Juliette, delante del edificio. Para el recuerdo.
Era fácil con la cámara automática.
Posaba, con la mano en la espalda de su niña grande. Llamaba así a Juliette, mi niña grande. Pero ella se retorcía. Reía. No importa. Presioné el botón.
Otra vez llevaba su vestido rojo. No era para la foto. Solía llevar su vestido rojo. Era así como más me gustaba. Más profundamente. Estaba feliz de amarla.
Nunca vi la foto.
El padre la reveló en Toulouse.
Una pena, porque aquí, la pondría en la pared.
Todo está tan blanco aquí. Me habría gustado que hubiera un poco de rojo en la pared.
En esa pared.
Hay que considerarlo.
Después de la foto, debí pedir la mano de Juliette. No. La de Béatrice. Es más dulce.
Pero cuando Élisabeth me dijo una noche en el descansillo: «Después de usted, Señor», pensé, debería pedir la mano de Élisabeth. Después de usted, señor. ¿A quién se le ocurre? Es tan anticuado. No hizo una reverencia. Pero esa cortesía.
Se imaginan con una chica que se llama Élisabeth, que en la intimidad se podría convertir en Lisa, Eli, o incluso Lise, imaginan vivir en esa cortesía exquisita.
Todas las mañanas, después de usted, Señor. De repente me parecía indispensable.
Cuando estaba haciendo la compra en el supermercado, Béatrice me dijo, No se da cuenta de que la diferencia de temperatura entre fuera y dentro es flagrante. Sí. También me lo parecía. Estaba de acuerdo. Vivir toda la vida con alguien con quien se puede estar de acuerdo, en cosas simples, era sencillamente inesperado, encontrar algo así en la vida.
Comparé el «Después de usted, Señor» con el «No se da cuenta de que la diferencia de temperatura entre fuera y dentro, etc.».
Me quedé perplejo. Una valía para la otra.
¿Qué iba a hacer con todo este amor?
La cuestión se complicó todavía más cuando me crucé con Juliette en la puerta. No dijo absolutamente nada. Pero al verme, sutilmente, creo que su rostro se iluminó. Yo estaba deslumbrado.
Creo que el mío se iluminó también.
Se añadía esta sonrisa a la cuestión del alma, al padre sensible y hambriento, al vestido rojo.
Quería a las tres. Quería la mano de las tres. Quería a las tres con un inmenso amor. Es lo que pensaba por la mañana, al despertarme. Bajo la ducha. Delante de mi café. En todos los momentos del día. No sufría. Esta indecisión me hacía estar vivo, ser generoso. Incluso envié un cheque a una organización humanitaria. No pude lamentarlo. Gracias a mí, se salvó un leproso. Es milagroso.
Tres chicas atrapaban mi vida... Tres estudiantes de ciencias humanas. Y yo salvaba a un leproso.
En realidad, las cuentas no salían.
Ellas eran inseparables.
Yo también. A veces me gustaría separarme de mí.
Pero aunque fuera en mi imaginación, podía multiplicarme, desdoblarme, triplicarme. Era sólo un espejismo.
Ese verano, hubo otra cosa más que me entusiasmó. Pero qué.
Ellas eran inseparables. Salvo con el correo, el supermercado y el descansillo. Sí.
Sí, la otra cosa que me entusiasmó, sí. Es Juliette.
Un día llamé a la puerta. Juliette vino a abrir. Se había lavado el pelo. Le pedí sal. Juliette dijo JODER. Ya no hay. ESE JODER me causó un entusiasmo loco. Primero, porque fue totalmente espontáneo. El pelo mojado. Joder. Una palabra de cinco letras que comienza por J [En el original, «ZUT», por lo tanto, comienza por «Z». NdT.]. Funcionaba. Podría haber dicho, lo siento, no me queda o incluso, aunque no era su estilo, mierda, no queda. No, dijo JODER.
Me quedé ahí, totalmente estupefacto. Ella se dio cuenta. Se ruborizó.
No me podía quedar allí sin decir nada. Estupefacto y sin embargo totalmente entusiasmado.
Dije caray. Era algo parecido y así me acercaba a ella.
No solía intentar acercarme a alguien de esta forma, a través del lenguaje.
Me sentía en plena comunión. Después de todo, era posible.
Estalló de risa. También fue espontáneo.
La espontaneidad llama a la espontaneidad.
Yo también estallé de risa. Fue sobre todo en ese momento cuando comenzó el entusiasmo.
Entonces volví a casa lleno de entusiasmo. En estado de comunión.
Me comí mi huevo pasado por agua. Sin sal. Decididamente, era Juliette a quien quería. Juliette. Juliette. Juliette.
En cuanto pronuncié su nombre tres veces, empecé a añorar amargamente la suavidad de las manos de Béatrice, y el acuerdo que tenía con ella sobre las cosas tan simples como la diferencia de temperatura flagrante entre dentro y fuera en el supermercado. Añoraba también amargamente la cortesía, la infinita cortesía del después de usted, Señor de Élisabeth, Bethy, Éli, Élisa, Lise, Lisa.
Juliette era alta. Me gustaba que fuera alta.
Béatrice era baja, me gustaba que fuera baja.
Élisabeth era mediana. Me gustaba eso también.
En general, no me gusta nada. Es práctico y triste.
En este caso, me gustaba demasiado y todo. Era apasionante y complicado.
Me gustaba esta complicación y su entusiasmo.

Un hombre pasó por la calle. Estaba comiendo mi huevo pasado por agua sin sal, justamente.
Dijo, fui al mar la semana pasada. El otro respondió: «Qué suerte tienes».
No estaba de acuerdo, sinceramente, me daba pena de este hombre. También entré en comunión con él. Pensé, la semana pasada, no es mañana. Mañana, es forzosamente mejor para ir al mar.

Había pensado que aunque me gustaran tanto las complicaciones, sería necesario que un día me decidiera entre estas tres chicas, Béatrice, Juliette y Élisabeth, así que las llevé al cine.
Estaba ya entre nosotros.
Al mediodía. Un cine con aire acondicionado.
Se sentaron juntas. Eran inseparables.
Yo tuve que poner detrás de ellas. No había cuatro butacas de frente.
Las observé de espaldas todo el mediodía.
Béatrice tenía el pelo pelirrojo. Me gustaba el pelo pelirrojo... Juliette tenía el pelo moreno. También me gustaba. Élisabeth tenía el pelo rubio rojizo. Me gusta el pelo rubio-rojizo.
Era una película cómica. Se rieron juntas, en el mismo momento. No fue decisivo. Decididamente, eran buenas chicas. Para nada competían.
Una podría haber reído más, para mostrar su predisposición, la otra en el buen momento, en una señal de simplicidad, la otra un poco tarde, señal de profundidad.
No, nada de eso ocurrió. Era el único que iba tarde, no por profundidad. Precisamente porque eran sus risas las que me distraían.
En este momento, se pone a empujar la cama, de una habitación a otra del apartamento. Busca visiblemente un lugar.

En el norte. La cabeza tiene que estar en el norte. Era Béatrice, con su simplicidad, quien me lo había dicho. Su simplicidad y su sentido práctico. Es muy valioso el acuerdo sobre las cosas simples y el espíritu práctico. Así que ella me había dicho que la cabeza siempre debe estar en el norte. Y yo estaba de acuerdo. Siempre estaba de acuerdo con Béatrice.
Pero dónde está el norte aquí. Digamos que está por ahí. Y no hablemos más, por ahí bien está el norte.
Me dijo eso Béatrice. Sin explicación. Venía de ella. Ese verano, no necesitaba explicaciones. Sentía mucha admiración. Ahora me pregunto por qué. Ya no es verano.
Béatrice nunca explicaba nada. Todo lo que decía era simple y verdadero.
Si me encontrara con Béatrice ahora, le preguntaría. ¿Por qué la cabeza siempre en el norte? Sin duda tendría una explicación muy simple y una vez más estaría de acuerdo. Sólo se podía estar de acuerdo con Béatrice.

Con la cama también, estaba de acuerdo. La cama que compramos juntos, ese verano. Fue el verano de 1982, en el que me sentí tan bien. En el que su risa me llevaba. Con la cama y el colchón, estaba de acuerdo.
Con las butacas, los libros, los jarrones, los discos, la radio, estaba de acuerdo. Con toda simplicidad, espontaneidad y cortesía. Me aportaron un verdadero tesoro. Me sentía como un novio joven que va a casarse. Lleno de entusiasmo.

El colchón, el somier, la cama, llegaron el día siguiente en que ellas vinieron a dormir a mi casa.
El resto del tesoro fue llegando poco a poco, a lo largo de los días después de ese día.
Las tres inseparables, se habían dejado las tres las llaves dentro de su apartamento.
El que estaba al lado del mío, en el que acababan de mudarse...
Las tres estaban en el descansillo. No podían entrar. Era quince de agosto, el cerrajero no estaba. No se podía abrir. No estaba. Sin duda. Ni siquiera respondían en la cerrajería de urgencia. Nada. Con su simplicidad, Béatrice dijo, no pasa nada. Mucha gente habrían tenido que hacer como ellas ese día, ir a dormir con su vecino. Era yo.
Las tres durmieron en mi cama.
La cama estaba en mi habitación.
Yo estaba feliz en mi sillón. El sillón de mi salón.
Cuando se levantaron por la mañana les dolía todo. Las costillas, la espalda.
La culpa es del colchón, dijo Juliette.
Del somier, dijo Élisabeth.
De la cama, añadió Béatrice.
Todo mal.
Nos mirábamos.
El colchón estaba hundido.
El somier, no me acuerdo.
La cama estaba coja, estaba de acuerdo.
Vi sus ojos encenderse al mismo tiempo.
Era impresionante.
Sí.
Una se interesaba enormemente por el colchón. Juliette, con toda su espontaneidad.
A la otra le daba pena la cama, Béatrice, con toda su simplicidad.
Y Élisa, ya la llamaba Élisa, con su cortesía exquisita, pensaba en el somier.
Yo pensaba en ellas. En las tres.
Y estaba entusiasmado.
Élisabeth llamó a su hermano Julien. Béatrice llamó a su hermano Julien. Sus hermanos se llamaban igual. Era casualidad. Juliette a su hermana que llamó a su padre, al que conocía.
La hermana de Juliette estaba muy unida a su padre, el fotógrafo. Era la hija de papá.
Por lo tanto, las tres llamaron a Toulouse.
Allí era verano.
Las tres se informaron. Una sobre el colchón. La otra sobre las camas, la tercera, Élisa, sobre los somieres. Eran muy organizadas. Tenían que saber qué comprar. No daba igual cuál fuera la cama, el colchón, el somier.
Habría acariciado a las tres, eran bonitas y las amaba con un amor inmenso.
Esta historia de descanso nos llevó dieciséis días. Dieciséis días de entusiasmo. Dieciséis días de plena felicidad.
La felicidad, supe lo que era. Puedo decir que conocí la gran felicidad. Es lo que conocí esos dieciséis días. Acumulaba felicidad y conocimiento.
Un conocimiento profundo sobre todos los tipos de colchones, de somieres, de camas.
También acumulaba frases, las frases completamente simples de Béatrice. No coja esa cama, es flagrante, es demasiado pequeña. Estaba de acuerdo. Las frases de la cortesía anticuada de Élisabeth, sobre los somieres y las frases llenas de espontaneidad de Juliette. Se lo ruego, señor, no haga eso, compre algo adecuado, ésa era Élisabeth. Ese colchón no es bueno. Hay que comprar un colchón de espiras, con un lado para el invierno y un lado para el verano. Éste es demasiado blando. Le salió de golpe. Ésa era Juliette. Manejaba la información de su hermana que a su vez la había conseguido de su padre.
Al final compramos algo adecuado, como decía Élisa.
Tanta amabilidad.
Yo estaba lleno de entusiasmo.
Después de comprar el colchón, el somier y la cama, terminaron durmiendo todos los días en mi casa.
Es decir, las invité.
El cerrajero por fin respondió.
Rompió la cerradura. Sin dudarlo.
Le gustaba su profesión. No lo dijo. Pero Juliette lo entendió enseguida. Era el tipo de cosas que sentía. Les encantaba mi sistema de descanso. Era el tipo de cosas que yo comprendía.
No me lo habían dicho, pero yo estaba en comunión con su ser profundo, eso es el amor cuando es inmenso.
Béatrice en toda simplicidad.
Y Juliette también.
Las tres estaban de acuerdo. En este punto también, eran inseparables.
Yo, tan persuasivo.

Empleé los grandes medios, mentí.
En verano, dije, siempre duermo en el suelo.
Me creyeron, porque era de verdad verano.
Oh, hizo la exquisita y tan cortés Élisabeth.
Así que cedió. Por cortesía.
Sin duda, era la única que dudaba de que hubiera mentido pero era descortés señalarlo.
Las otras dos confiaban totalmente en mí. Élisabeth también.
Ah, las amaba. Esta confianza en la humanidad, era simplemente entusiasmarte.
Yo nunca había confiado. Nací así. Sin confianza.
Pero aprendía de ellas. Aprendía rápido y bien. Hacía grandes progresos.
Me habría gustado mucho que el padre de Juliette volviera y que hubiéramos tenido una buena conversación teológica y perfeccionar mi educación.
Sentía que precisamente la teología tenía que ver con la confianza. Que discutir sobre todo eso con alguien sensible y hambriento era la última etapa en esta ascensión a la confianza. Sobre todo con un fotógrafo, incluso un antiguo fotógrafo, que tenía que ejercitar su ojo, que lo había conseguido intentando preformar el alma. El alma humana. Y como ya no hacía fotos, es lo que había conseguido con su investigación. De hecho, Juliette corroboró mis ideas sobre su padre. Con toda su espontaneidad, me dijo, mi padre siempre ha confiado en mí.
Era una frase magnífica. Me transportó.
Estuve totalmente absorto durante meses. Del amanecer al atardecer. Añadí esta frase a todas las que había dicho ya Juliette.
Imaginaba a Juliette cuando nació y la mirada de su padre, fotógrafo, una mirada llena de confianza hacia este bebé, ya espontáneo. Además, lloraba.
Sin contenerse. Con toda confianza.
Su padre nunca volvió. Lo lamento.
Conocer a alguien, entenderse con él sobre la fotogenia de París y sus barrios y no volver a verle.
A pesar de la ausencia del padre de Juliette, el verano de 1982 fue el verano más hermosos de mi vida.
El mundo era hermoso. El mundo estaba hecho para mí. Estaba en total comunión con él. Él conmigo.
Mentí a las tres chicas a las que amaba.
Mentí, les dije que siempre dormía en el suelo en verano.
Nunca he dormido tan bien en mi vida que ese verano, en el suelo del salón.

Antes de acostarse, las tres, en fila india, inseparables, venían a besarme.
Estábamos ya ahí, Élisabeth, Juliette, Béatrice y yo. Juliette me besaba tres veces. En la mejilla. Besos sonoros, como correspondía a la espontaneidad y a una chica que siempre ha tenido la confianza de su padre.
Una chica que tenía hermanas en Toulouse.
Élisabeth me daba un beso, uno solo, en la frente. Delicadamente.
Y Béatrice también, sólo un beso en la mejilla izquierda. Simplemente.
Yo tenía la frente roja. Las mejillas rojas. Estaba de acuerdo.
Una decía, Juliette, Buenas noches, bostezando.
La otra, Duerma bien.
La tercera, Tenga cuidado con las corrientes.
Es flagrante, era Béatrice.
Tenía cuidado.
De la habitación, llegaba una cascada de risas.
La risa de tres estudiantes de ciencias humanas.
Por la noche, repasaba en mi cabeza sus gestos, sus palabas, sus risas.
Ya no intentaba compararlas. Había renunciado.
Amaba a las tres con un amor inmenso.
Eran incomparables.
Amaba a las tres. Vivía con las tres.
Eran inseparables.
Sin embargo, se separaron.
La carta que esperaba Juliette llegó.
De África. Más lejos aún que Toulouse.
Juliette se fue ese día.
Se casó con un profesor de biología.
Sólo quería a Juliette.
Yo me quedé con Béatrice y Élisabeth.
Ya estaba menos entusiasmado.
Luego Béatrice se casó con el hermano de Élisabeth.
No quería ni a Juliette ni a Élisabeth.
Tenía sentimientos ajustados.
Élisabeth se casó a su vez. Por contaminación.
Nunca supe con quién.
Se casó la última.
Así que sólo me quedaba ella. La cuestión de las otras no se planteó para el marido de Élisabeth.
Las tres se casaron en Toulouse.
Bajo los ojos del mismo fotógrafo que las fotografió.
Las tres tenían alma. Y estoy seguro, eso se vio en las fotos.
Sólo recibí una invitación, la de Élisabeth.
Siempre la cortesía.
Sólo yo amé a las tres. Sin celos.
Sólo yo perdí a las tres.
Ahora estoy yo y me he mudado.
Estoy aquí ahora.
Aquí estoy...

 

© Fondos Chantal Akerman.
Gracias a Katharina von Bismarck y a Éditions de l’Arche.

Publicado originalmente en
Bandes(s) à part, Bobigny, 25, 2014,
Le Magic Cinéma, 2014.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.