ESPECIAL CHANTAL AKERMAN

Sobre ‘D’Est’

Por Chantal Akerman

 

 

A la vez relato de viaje y reflexión sobre el trabajo en curso, este texto se redactó durante la concepción de D’Est.

Me gustaría hacer un gran viaje por Europa del Este mientras siga siendo el momento. Rusia, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, la ex Alemania del Este, hasta Bélgica. Me gustaría filmar allí a mi manera documental, lindando con la ficción. Todo lo que me afecte.
Rostros, el final de las calles, los coches que pasan y los autobuses, las estaciones y las llanuras, las rías o los mares, los ríos o los arroyos, los árboles y los bosques.
Los campos y las fábricas y de nuevo los rostros, la comida, los interiores, las puertas, las ventanas, la preparación de la comida.
Mujeres y hombres, jóvenes y ancianos, que pasan o que se detienen, sentados o de pie, a veces incluso acostados.
Días y noches, la lluvia y el viento, la nieve y la primavera.
Y todo eso transformándose lentamente, a lo largo del viaje, los rostros y los paisajes.
Todos esos países, en plena mutación, que han vivido una historia común desde la guerra, todavía muy marcados por esta historia, hasta en los mismos pliegues de la tierra, donde ahora los caminos divergen.
Me gustaría registrar los sonidos de esta tierra, hacer que se sienta el paso de una lengua a otra, con sus diferencias, sus similitudes. Una banda de sonido no sincrónica, o sólo en algunos momentos.
Un río de voces diversas que transportan las imágenes.

¿Por qué hacer este viaje por Europa del Este?
Podría haber razones evidentes, históricas, sociales y políticas, que motivasen numerosos documentales o reportajes y que pocas veces ofrecen una mirada atenta y tranquila.
Pero éstas, aunque subyacentes, no son las únicas. No intentaré mostrar la desintegración del sistema, ni las dificultades para entrar en otro, porque quien busca encuentra, encuentra demasiado y filtra así su propia visión con los pre-pensamientos.
Sin duda, todo eso va a transpirar, no puede ser de otra forma, pero en diagonal.
Podría haber razones afectuosas, existen. Mis padres vienen de Polonia, viven en Bélgica desde los años 30 y se sienten bien ahí.
Durante mucho tiempo, toda mi infancia, pensé que su manera de vivir, de comer, de hablar, de pensar, era la de los belgas. Pero más adelante vi las diferencias, en la adolescencia, diferencias entre ellos y otros padres, e incluso entre otras chicas de mi clase y yo.

El año pasado viajé a Rusia para preparar una película sobre la poeta Anna Akhmatova.
Fue en invierno, estaba lejos de casa, en un país desconocido, sin entender la lengua, pero me sentía a la vez un poco perdida sin estarlo verdaderamente, preocupada sin saber por qué, y en un país extranjero, pero no del todo. Una lengua extranjera, sí, pero de la que conocía bien la música, la sonoridad, y donde en medio de esta propia incomprensión volvían palabras e incluso frases enteras como si estuviera amnésica, y luego me eran familiares la manera de vivir de la gente, su forma de pensar. Encontraba en las mesas lo mismo que mi madre cocinaba después de llevar cincuenta años en Bélgica.
Y esas conversaciones en las que lo banal se mezcla con lo «filosófico», era como estar en casa, o cerca.
Y aunque las razones afectivas sean reales, no quiero hacer una película del tipo «búsqueda de mis orígenes», porque una vez más quien busca encuentra, encuentra demasiado y se prepara demasiado para encontrar.
Diría que tengo ganas de hacer una película allí, porque aquello me atrae. Me atrae desde hace mucho y terriblemente, más desde que he estado.

Decía: mientras siga siendo el momento.
¿El momento de qué, el momento por qué, antes de que la «invasión» occidental sea demasiado flagrante?
Como si hubiera un antes y un después, antes y después de la era glaciar o glacial. ¿El momento de la utopía realizada y el momento de la utopía estropeada o de otra utopía?
Siempre hubo una especie de atracción-repulsión hacia Occidente y sobre todo hacia América, turbio objeto de deseo, puede que antes más fuerte; desde hace mucho se habían infiltrado -no diría que a través de las fallas del sistema, sino por el propio sistema- los objetos símbolos de la cultura americana, los vaqueros y esas cosas, hasta el jazz que tocaban los siete hermanos Siméon en el frío final de Siberia, donde murieron. Ahora esos signos son más visibles, más arrogantes, dirían algunos, como el McDonald de la Plaza Pushkin en Moscú. Además, no hay un antes puro y un ahora gangrenado o pervertido.

La perversión ya estaba en la existencia de esos dos bloques no tan contradictorios como parece a primera vista.
Baudrillard, cuando habla de América, habla también de una utopía realizada.
También está la sensación de inmensidad, de mundo infinito que casi se bastaba a sí mismo. Y luego la intensidad. Una intensidad contraria, claro. Nueva York y Moscú, por razones diferentes, son dos ciudades eléctricas.
Esos dos mundos cuyas imágenes se insinuaron a través del cine. Dovjenko y Ford. El espacio americano y los campos de trigo rusos. Imágenes ideales contrariadas por ideas de oscuridad y la arquitectura estaliniana, colas y gulags. También por la literatura, sin duda, los paisajes infinitos y los abedules de Pasternak, las lágrimas y el té de Chejov, el bien en el mal en Dostoievski.
No, creo que lo que voy a «buscar», por poco preconcebido que sea, seguirá subsistiendo mucho tiempo, no sólo en el corazón de la gente, sino también en la superficie de la tierra; por eso, no es demasiado tarde.
Pero este demasiado tarde no es una figura de estilo.
Antes, cuando se llamaba por teléfono a Moscú, había que pasar por una operadora. Nos daba una hora, dos horas, tres horas de espera. Esperábamos y volvía a llamar y entonces había línea.
Había cosas que no se decían, o se decían de otra manera, se comprendía con las medias palabras, a veces no se comprendía. Incluso desde nuestro lado había que prestar atención, algunas palabras que para nosotros parecía anodinas podían tener graves repercusiones allí. Desde Gorbachov ya no se pasa por la operadora, las conversaciones son más libres y desde luego menos inventivas, pero nadie lo lamenta. Nadie. Ahora marcamos el número, y nos sorprendemos, casi hasta echar de menos la época de la operadora (no por el lado inventivo de la conversación), porque para tener línea a veces hay que esperar hasta un día.
No hay una regla. Alguna vez me ha pasado que va bien en el primer disparo, no nos lo esperamos, y la sorpresa empieza con los primeros minutos de conversación, que suelen ser un poco incómodos.
Parece que se puede decir todo lo que se quiera, por supuesto, pero lo que se tiene que decir, bueno, lo que ellos tienen que decir no tienen ganas de decirlo, porque a menudo son historias sobre el «déficit», como ellos dicen. Lo mismo con el pan, hay horas de espera u otras cosas de ese tipo. A veces se ríen, otras no. En esa risa hay mucho de lo que me atrae de la gente de allí.
Pero como siempre se espera algo y como han vivido lo peor, no se dan cuenta. Sin duda era por eso por lo que antes decía que no debe ser demasiado tarde, hasta que se anuncie oficialmente la catástrofe...
Cada vez que descolgamos el teléfono, nos preguntamos cuánto tiempo necesitaremos la próxima vez para pasar de una línea a otra. Me dirán que es una forma de pasar el tiempo. No podemos evitar pensar que un día será demasiado tiempo.

Esto me hace pensar, pero a la inversa, en un artículo que leí el año pasado en Les Nouvelles de Moscou y que no puedo evitar transcribir fielmente: 

Los problemas de la transparencia
Por Mikhaïl Jvanetski

«Un día estaba en una estación con el escritor Andreï Bitov. Se iba al campo. O quizá era yo. Esperábamos el tren de Vladimir o Kazan, ahora no lo recuerdo muy bien. Estábamos charlando tranquilamente, hasta que escuchamos de repente: “Los pasajeros del tren nº 51 deben esperar en el andén nº 5”.
La multitud, cargada de maletas se precipitó rápidamente. ¡No había tren! Se escuchó otro anuncio: «Se mantiene el embarque en el tren nº 51 en el andén nº 5». La multitud se agita y todo el mundo se revuelve en la estación. “El embarque en el tren nº 51 está acabando. Rogamos a todas las personas que no viajen en este tren que bajen de los vagones”. Entonces la multitud perdió completamente la cabeza. Los altavoces seguían anunciando, con voz ronca: “El tren nº 51 va a salir en cinco minutos del andén nº 5”.
Y bueno, con los medicamentos sucede lo mismo.
No hace mucho, se declaró la concesión de medios. Se informó a la población y al Soviet supremo que las divisas, que nadie había visto nunca, se dedicarían a la importación de medicamentos. La población y los Soviets supremos aplaudieron con entusiasmo. Empezaron los anuncios: “Hemos recibido el dinero. Hemos ido a Inglaterra. Los medicamentos que ofrecen los capitalistas se han encarecido, pero los hemos comprado. ¡Atención! Hay medicamentos, pero hay que ser prudentes”.
La población se precipitó a las farmacias, pero no había nada. “Camaradas, ahora que hay tantos medicamentos, es posible que se cometan abusos. Si no son especialistas, no aconsejen nada a sus amigos y conocidos”. Las poblaciones hacían cola y esperaban día y noche. No había medicamentos.
Los responsables de la dirección federal de farmacéuticos declararon que en primer lugar podrían a la venta los calmantes, los medicamentos de primera necesidad, sobre todo para los jubilados y los discapacitados. ¡Y seguía sin haber medicamentos! Algo no cuadraba. Y los anuncios seguían: “Camaradas, ¡no agraven la penuria! Sigue habiendo remedios, pero un consumo abusivo y descontrolado puede desencadenar consecuencias no deseables...”».

Pero por teléfono, sólo se ríen con sus historias de déficit, también hablan de su ciudad, dicen que está a punto de perder su alma y su rostro... Y la gente también. ¿Pero que es el alma? No me atrevo a entrar en eso. Pero sí en los rostros, que quiero filmar.

Sobre los rostros, me gustaría compartir «A modo de prefacio», del Requiem de Anna Akhmatova:

«En los terribles años de la “lejovchtchina”, pasé diecisiete meses haciendo cola delante de las cárceles de Leningrado. Un día, alguien creyó reconocerme. Entonces, una mujer de labios azulados que estaba detrás y a quien mi nombre no le decía nada salió de ese sopor habitual y me preguntó al oído (allí sólo se hablaba susurrando):
—Y eso, ¿podría describirlo?
Le respondí:
—Sí, puedo.
Entonces, esbozó una especie de sonrisa revelando todo lo que había sido su rostro».

En el hotel de Leningrado era muy difícil que sirvieran desayunos. Había un ejército de camareros de brazos cruzados, con la cara apagada. Les pedí té. Ni me miraron. Era como hablar a la pared. No tenía cara para ellos y ellos no estaban dispuestos a ofrecerme una cara.
Con el hombre con el que fuimos a visitar Peredelkino, un pequeño pueblo de escritores en las afueras de Moscú, sucedió todo lo contrario.
Nos esperaba en una pequeña habitación estrecha, pobre pero limpia, como suele decirse.
Él era inmenso. En la habitación había una cama, una mesa pequeña, una vieja máquina de escribir. Un plato y tres manzanas rojas. Nos leyó una carta-poema que había escrito a Anna Akhmatova: en cierto momento, dejándose llevar por una pasión casi horripilante, se puso de pie. Siempre recordaré su cara cuando escuchamos violentos golpes contra la pared de su habitación, porque hablaba demasiado fuerte.
Y también de la cara de un hombre en el trolebús cruzando la plaza Pushkin, una cara que bajó y escondió con una mano. La plaza estaba llena de gente haciendo cola, daba toda la vuelta. Esperaban delante del McDonald. Lejos de la plaza Pushkin, el hombre retiró la mano de su cara.

            Recuerdo muchas otras caras y el Epílogo del Requiem de Anna Akhmatova:

«Y vi cómo se derrumbaban las caras,
Bajo los párpados, cómo emerge la angustia,
Y el dolor clavándose en las mejillas,
Parecidas a las páginas rugosas de los signos cuneiformes;
Cómo los rizos negros o los rizos canosos
Se convertían, en un parpadeo, en plateados,
Cómo la risa se desvanecía en los labios sumisos,
Y, con una pequeña risa seca, cómo se temblaba de miedo.
Y rezo a Dios, pero no sólo por mí,
Sino por todos los que comparten mi destino,
En el frío feroz, en el julio tórrido,
Delante del muro rojo que se ha vuelto ciega».

El muro no estaba muy lejos del centro de Leningrado. Fui a verlo, el muro de la cárcel. Hice fotos. Ya estaba muy oscuro. No las revelaron en la Fnac.
Pensé que estaba bien. Sin pensar demasiado en ello.

Bruselas/París, abril de 1991.

 

Publicado originalmente en
Chantal Akerman. D’Est : au bord de la fiction.
Bruselas/París: Palais des Beaux-Arts de Bruxelles/Jeu de Paume, 1995.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.