ESPECIAL CHANTAL AKERMAN

La imposibilidad de decir

Por Samy Szlingerbaum


Es difícil hablar del trabajo de Chantal Akerman. Son las películas las que hablan. Hablar de las películas consiste, creo, en reducir aquello que habla de otra forma.

Los personajes de las películas de Chantal Akerman casi no hablan. Cuando hablan, parece que se hablan un poco a sí mismos. Parece que debemos escucharles con discreción, prestando atención a otra cosa, más allá de lo que dicen. Hablan difícilmente. Si hablan, es porque algo que no dicen ha ocurrido, o va a ocurrir. Lo que dicen no es más que una información entre otras señales. Suelen ser personajes en crisis que, al estar en crisis, no consiguen encontrar las palabras.

Los personajes de las películas de Chantal Akerman son silenciosos. De ese silencio nace una molestia: el silencio en la maquinaria del cine se convierte en lujo, en provocación. El silencio incomoda a la maquinaria, no en tanto que silencio, sino a causa del sonido. Habitualmente, el silencio sirve para apoyar la emergencia de una tensión dramática, como el lenguaje en una convención eficaz.

Pero en las películas de Chantal Akerman el silencio es turbulento. No se deja cerrar en el momento dramático esperado, que parece ser su único terreno codificado. Juega malas pasadas, convirtiéndose, sin que lo esperemos, en música, una música a disposición del espectador, si este último llega a escapar de su propia tensión, si consigue ocultar su propia turbulencia. Hay quienes, en efecto, a la música propuesta, oponen la suya, hecha de tosecillas, de gorgoteos del estómago, de chirridos de sillas, de caramelos que se abren, hasta el traqueteo de los pasos seguidos del ruido de una puerta. Este silencio turbulento no está en condiciones de luchar contra el espectador, es demasiado frágil como para medirse con él.

 

Publicado originalmente en
Chantal Akerman. Aubenas, Jacqueline (ed.).
París: Ateliers des arts, cuaderno nº 1, 1982.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.