ESPECIAL JEAN-CLAUDE ROUSSEAU

Espejo, ventana, cámara: unas notas sobre Jean-Claude Rousseau

Por Maximilian Le Cain



Jean-Claude Rousseau es uno de los pocos cineastas de cuya existencia he sabido, o sentido, antes de haber visto sus películas o de haber oídio de él. Confirmó una fuerte suposición que tenía sobre lo que el cine podría llegar a ser en una cierta dirección, pero que durante un tiempo quedó como una suposición sin mucha evidencia. Quizá algunos destellos en Garrel, Bresson, Straub… Pero nada conclusivo. Y, después de un tiempo, esa persistencia en incremento de la suposición creció hasta convertirse en un deseo verdadero. Cuando descubrí a Rousseau, había esperado mucho para poder ver sus películas. Es un tipo de artista que trabaja y que de repente hace visible una capacidad del cine que consiste en algo que le es básico, pero que también es algo raramente conocido o explorado. Como muchos otros pioneros posteriores del cine, es por medio de la expresión de una exigencia muy particular y personal en torno a la visión cinematográfica como la capacidad expresiva del cine se va expandiendo en general, casi por accidente. Esto es bastante diferente de las caras de chapa y pintura que suelen imperar en los impedimentos titánicos tecnológicos, los cuales van aumentando hasta conseguir lastrar el medio. Rousseau expande el cine hasta descubrir la forma correcta de emplazar su cámara, su pequeña Súper-8 o su DV, a menudo en una ventana (y el suyo ha sido un cine, al menos en la mayor parte de su carrera, donde solo parece haber una única posición «correcta» para la cámara en cada plano). No sólo para registrar el mundo, una tarea lo suficientemente compleja, sino para usar el cine como un hábito consciente a ello. Utilizando la grabación de un momento para que este pueda ser habitado por completo, consigue volver sensible al espectador de cara a la presencia del lugar y del tiempo por medio de la presencia de la cámara. No sólo haciendo que el público sea consciente de la presencia de la cámara, o de que alguien está filmando (de nuevo, una gran tarea), sino de la cámara (y crucialmente del micrófono) como un elemento dentro del espacio y del tiempo, mucho más por el modo de interrumpir suavemente la transmisión de una impresión del mundo que por la impresión que sugiere.

El mundo de Rousseau es el que se ve a través de los espejos, de las ventanas, el reino disciplinado de las fuentes de luz disponibles. Su cámara funciona con la misma certeza que un espejo o una ventana, segura de su lugar y de su función, situada de acuerdo con las cosas frente a las que puede responder de acuerdo con su naturaleza. Esto imbuye todo de la intimidad distante y misteriosa de los espejos y de las ventanas, testigos del tiempo y de la luz que pasa, de las idas y venidas de las apariciones, e incluso a veces del paso de las generaciones. El consistente uso por parte de Rousseau de un equipo creado para el uso doméstico, más que para un uso profesional, sitúa igualmente su proceso de creación de la imagen en un sistema de objetos que forman parte de la fabricación propia de la vida diaria. Y a menudo se graba en habitaciones próximas, en el mayor de los cosas de forma privada. Aún así, su cámara nunca se convierte en una extensión de sí mismo, del mismo modo en que lo hace de forma directa en el caso de Brakhage o Mekas; se convierte en parte de su entorno, interpretando sus propios rituales de observación, mientras que él interpreta sus rituales de aislamiento transitorio. Por ello, si su cámara parece formar parte de la arquitectura, un dispositivo que tranquilamente hará que la película prosiga después de la escena, e incluso una vez la película se haya acabado, los espacios que Rousseau filma son los que se encuentra en sus días cotidianos, a menudo las habitaciones en las que se hospeda, pasando varios días en ella, posando delante de la cámara. La cámara forma parte de la historia del lugar en el que se encuentra, pero él es solo una presencia fugaz de él.

Esta relación no tiene nada que ver con las cámaras de videovigilancia, con la tecnología propia de la observación. No hay nada de azaroso en esas imágenes, que pertenece a un tipo de tradición artesanal extremadamente alejada del tipo de estética de las producciones de masas reflejada en las cámaras de videovigilancia. Si las películas de Rousseau se caracterizan a veces por una extrema duración, lo hace en gran medida para enfatizar las interrupciones misteriosas y las repeticiones que las puntúan. Y llegan a los momentos más sublimes cuando las películas se «agotan», cuando hay una repentina caída en la oscuridad, y cuando el sonido continúa. El mundo continúa una vez la película acaba y continuará después de que el sonido se haya agotado; y en el mundo hay una cámara creando una imagen y un micrófono registrando un sonido. Ningún otro cineasta es tan milagrosamente elegante y ha encontrado una solución tan armoniosa en cuanto a las tensiones existentes entre la representación del mundo y esa aproximación materialista, anti-representativa en el cine.

Publicado originalmente en La Furia Umana, nº 13, verano de 2012.

Traducción del inglés de Francisco Algarín Navarro.