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ESPECIAL LEO MCCAREY

'An Affair to Remember'

Por Camille Nevers




Podemos contar con los dedos de nuestras dos manos las películas que preexisten íntimamente al cine, aquellas que nos hacen intuir infantilmente una apertura, un acceso posible y febril a la vida, las que nos hacen imitar el cine en el mundo, las que nos hacen saborearlo si queremos: el de la Dama de negro nos alcanzó entre sueños –vimos la muerte de cerca, y el niño sintió que ya no sería eterno–. Sucedió una vez, no más. Estas pocas películas fueron las primeras señales verdaderas, casi anónimas (más adelante recordaríamos el nombre de los actores, luego del director, cuando comenzáramos a buscar las referencias) de la consciencia. Entre ellas: An Affair to Remember, de Leo McCarey, con Deborah Kerr y Cary Grant –estas breves líneas son una señal de reconocimiento–.

Nicky Ferrante y Terry McKay están a punto de casarse, pero no juntos, ni siquiera se conocen todavía. Él es un seductor mundano con un bronceado de revista, y está a punto de casarse con una afortunada, una mujer morena con los ojos claros. Ella es pelirroja, con los ojos verdes, y se dispone a encontrar a un hombre de negocios protector, con la mandíbula y la espalda cuadrada. Ella y él se encuentran en el barco que les lleva hacia Nueva York y hacia los prometidos. Se enamoran en la travesía. Al final del viaje, quedan en citarse seis meses más tarde, el 1 de julio a las 17 horas, en lo alto del Empire State Building: mientras tanto, cada uno se podrá liberar de sus propios vínculos, encontrar un trabajo, algo de lo que vivir… Deciden partir de cero. Poco después, en un encadenamiento elíptico que recorre estos seis meses, la película queda abatida en plena carrera –es el mundo el que se derrumba– en la escena, sin duda, más masoquista que hayamos visto en una historia de cine. El accidente no lo vemos, sólo escuchamos los neumáticos que chirrían y luego un grito, y después la música se detiene: no vemos, es aún peor: lo notamos. Esta cosa impensable, con la que nadie había podido soñar, arbitraria y totalmente injusta, la muerte posible. An Affair to Remember reposa al completo sobre este sentimiento de lo irreversible, en resumen Terry y Nicki aprenden cómo funciona el tiempo, aprenden que se puede volver a empezar desde cero, pero que no se puede volver atrás (incluso aunque Terry, en su posterior delirio, suplicará: «que el barco dé media vuelta»). O incluso que uno puede construir los recuerdos. Es a lo que se dedica McCarey. En la imagen, no hay espacio, sólo lugares, lugares comunes y lugares de encuentro. Lugares de memoria. An Affair to Remember es una historia de amor de la que acordarse, un espacio-tiempo, es decir, el espacio de los momentos furtivos, como los compartidos en el barco, en el paraíso suspendido de la abuela de Nicky, o aquel marcado por la falta en el Empire State Building. An Affair to Remember es la película hollywoodiense de la melancolía.

Hay que precisar un cosa. A decir verdad, nunca he visto la película de Leo McCarey. He visto y vuelto a ver (de esto me he dado cuenta mucho después) la película de un tipo indecente que, sin duda porque no soportaría las bandas negras horizontales del Cinemascope en una y otra parte en la pantalla de la tele, se había abandonado sin complejos al sistema Pan&Scan… Veo retrospectivamente que la imagen, deformada, está amputada por todos lados, que algunos movimientos de cámara bastante extraños son reencuadres hechos por ordenador, que los cambios de plano intempestivos parten en dos el plano general de cine. Esta película fue emitida por el cine-club del canal 2, hipócritamente en versión «original». Así desfigurada, ¿cómo pretender que la emoción siga permaneciendo intacta? Es cierto, la televisión dirán que ha hecho bien, como para que una película como ésta resista a todo, conservando su parte imponderable, y sin duda su parte maldita, más allá del soporte y de la técnica: una intuición del tiempo pasando, que pasa casi como un comentario, cuando no a través de esa breve frase que ella y él pronuncian en francés, cada uno una vez: «C’est la vie, et cetera…».

Publicado originalmente en Cahiers du cinema,
número fuera de serie, nº 17, diciembre, 1993.

Traducción del francés de Francisco Algarín Navarro.